Gilipollas

Es que pareces gilipollas 

Fue su último mensaje. Recuerdo hasta la hora a la que me lo envió. La 01:36. Fue una de tantas discusiones sin gritos, pero con un ritmo frenético a la hora de escribir. Y aunque ni siquiera hubo sonido alguno porque el móvil estaba en modo vibración, fue como si cada una de las palabras tuvieran la misma fuerza. A veces la imaginación no es una buena compañera de viajes.

Es que pareces gilipollas 

Meses después, cuando ya los recuerdos se habían convertido en una bolsa de basura que tirar al contenedor, fui de fiesta con mis amigos a un bar de las afueras, uno de esos antros que se habían puesto de moda y del que todo el mundo hablaba. Si no ibas, no eras nadie. No recuerdo qué canción sonaba ni la hora a la que sucedió. Al ir al baño después de la enésima copa de garrafón, me lo encontré, esperando, y al verme me saludó con la mano y me hizo el gesto para que me acercara. Fui, me puse a su lado, y sin mediar palabra se abalanzó, intentando besarme. Me aparté, me quedé mirando sus ojos rojos, el cuerpo tembloroso, las manos sin saber dónde colocarlas. Me di la vuelta. Salí de aquel bar con ganas de estar en mi cama, durmiendo, olvidándome que a veces la realidad es lo suficientemente aburrida como para que los tópicos se vuelvan realidad. Y yo sólo recordaba esa última frase que todavía guardaba en el historial de conversaciones.

Es que pareces gilipollas 

No tardé en dormirme. El alcohol y el cansancio habían provocado que mi cuerpo cayera rendido nada más posarme en la cama. Me desperté a la mañana siguiente pronto, con la sensación de haber estado en un sueño rarísimo, una de esas pesadillas de las que sólo recuerdas la emoción y no las imágenes. Tenía un mensaje suyo en el móvil. Una de esas frases típicas pidiendo perdón, el lo siento de los borrachos, intentando solucionarlo con un cuando quieras tomamos algo y hablamos. Y quizá no tendría que haberlo hecho, puede que fuera un juego demasiado infantil, pero a veces el instinto es más fuerte. Abrí la aplicación, moví mis dedos por el teclado, y apreté el botón de enviar. No sé si lo leyó o no, porque horas después borré todas nuestras conversaciones sin revisarlas.

Ahora eres tú el gilipollas 

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