¡Han matado a Federico!

19 de agosto de 1936, una plaza de Fuente Vaqueros, hace mucho calor, son las tres de la tarde y en el cielo un sol de justicia. Un hombre llega corriendo con el gesto entre enfadado y desencajado hasta que se sitúa en el centro, muy tieso, enhiesto, en tensión, con las manos convertidas en dos duros puños. Mira a los balcones que rodean la plaza, dirigiéndose a ellos.

¡Le han matado! ¡A Federico! ¡Le han matado! ¡Cabrones! ¡Salid y dad la cara! ¿Quiénes de vosotros habéis sido? Estáis ahí, escuchando al otro lado de las ventanas. Diréis que os desperté de la siesta y que así es como os habéis enterado de lo ocurrido. Pero habéis sido vosotros, ¡esos que ahora me estáis mirando entre visillos sucios y viejos! Os lo llevasteis ayer a escondidas porque así es como actuáis los delincuentes. Y en la negrura a él y a los otros les fusilasteis, les disparasteis hasta matarles. ¿Por qué? ¿Qué os hicieron?

Tiempo llevabais detrás de Federico, unas veces por artista, otras por poeta, muchas por maricón. ¡Malnacidos! ¡Él era más hombre que todos vosotros juntos! Era valiente, arriesgado, decidido, viajó y conoció mundo. ¿Y vosotros? Actuáis entre tinieblas, no sois nadie sin vuestras escopetas, ¡jamás habéis salido de estas tierras rojas en las que vivimos! ¿Vosotros sois hombres? No sois más que un mal boceto de lo que es la hombría. ¿A quién creéis que asustáis? A él nunca, nunca os temió. Siempre volvió. Cuanto más alto llegaba, más orgulloso estaba de su lugar de origen. Cuanto más éxito y reconocimiento, más gritaba el nombre de este pueblo. Un lugar que ya no será conocido por la alegría de haber sido cuna de un genio de la palabra, vuestra ignorancia y vuestro miedo a sentir y a vivir lo harán de ahora en adelante lugar de suceso y tragedia, de mancha de sangre que no sale. Por mucho que frotemos, por mucha agua y jabón dará igual, en el aire que respiramos quedará el surco que nos recordará que le habéis asesinado.

Habéis matado a Federico, ¡malnacidos! Otra vez os lo digo, ¡malnacidos!

¿A cuántos disparasteis junto a él? ¿Dónde les habéis abandonado? Si ya no vamos a tener sus voces, entregadnos sus cuerpos. Si ya no les vamos a abrazar, permitidnos limpiarles una última vez. Que les dejemos la piel brillante, el cabello peinado y puesto el traje de los grandes acontecimientos. Que les podamos mirar una última vez a la cara y decirles adiós, que les enterremos bajo una lápida que ir a limpiar a falta de poder acariciarles de verdad.  ¿Qué habéis hecho con ellos? ¿De qué curva en la carretera es la tierra que acumulan vuestras uñas? ¿Bajo qué olivo ha salido el barro que mancha vuestras botas? ¿De dónde? Hoy no, pero llegará un día en que la falta de coordenadas duela más que su ausencia entre nosotros. ¡Confesad malnacidos! ¡Confesad! Decidlo en un susurro, escribidlo en un papel y tiradlo al suelo, ya llegará a nosotros. Contadnos, ¿dónde están?

No os basta con haberles matado, ¿queréis torturarnos a los que seguimos vivos con su ausencia? ¿Es ese también vuestro propósito? ¿Así es como lo habíais pensado? No sois tan inteligentes, los animales no llegáis a tanto. Solo queréis atrapar, morder, desgarrar, mancharos la boca de sangre y creeros poderosos al quitar la vida. Pero una vez muerta vuestra presa os quedáis otra vez vacíos, huecos, desnudos. Quizás sea ese el único momento en que os sentís verdaderamente humanos. Y os veis solos. Y lidiar con la soledad, con el reconocerse insuficiente exige una fuerza que vosotros no tenéis. Sois débiles. Qué paradoja, que siendo tan frágiles seáis a la par capaces de semejante crueldad. Bestias. Animales. Malnacidos.

¿A cuántos más vais a matar? ¿A cuánto nos vais a fusilar? ¿También a mí me vais a enterrar? ¿Lo tenéis ya pensado? ¿Habéis trazado un plan? ¿U os limitaréis a ser lobos que se lanzan al monte a la caída del sol y llevaros por delante a aquellos que oláis cerca? ¿Quién os da bula para actuar así? ¿Quién os va a ocultar incluso a la luz del día? ¿Hasta cuándo vais a tener la convivencia y la seguridad secuestradas? ¿Días, semanas, meses, años? ¿No respondéis? ¿Más que años, generaciones incluso?

Sé que me estáis mirando, controlando desde la oscuridad de las alcobas que dan a esta plaza. Yo no os veo, pero se nota que estáis ahí, se respira, se siente vuestra pesada presencia. ¿Pensando en dispararme para que me calle? ¿Me dejaréis gritar hasta perder la voz? ¿Diréis que he perdido la cabeza? ¿Que todo lo que digo es mentira? ¿Que alucino? Digo la verdad, ¡que habéis matado a Federico! ¡Que le habéis silenciado! Pero llegáis tarde, ¡muy tarde!

Sus obras de teatro están en los escenarios de ciudades cuya existencia ni conocéis. Yerma es sinónimo de mujer incapaz y Bernarda Alba de asfixia. Cuando se escuchan, sus poesías van de los oídos al corazón y el que las recita las envuelve en el brillo de sus ojos. Cuando se abre el libro en el que están impresas, se elevan sobre el papel que las recoge. Las cinco de la tarde será siempre la hora del llanto por la muerte de Ignacio Sánchez-Mejías.

La vida no es solo despertarse, respirar, comer, mal follar y dormir. La vida es también vernos en los ojos de los otros, de los que nos rodean, de los que nos acompañan, nos quieren, nos admiran. Y vosotros estáis solos, ¡solos! ¡No sois nada ni nadie! Solo sois muerte. Lleváis dentro vuestro propio fin.

Federico estará siempre vivo. Le habéis matado, ¡pero Federico estará vivo siempre!

El hombre deja de mirar a los balcones, relaja el cuerpo, baja los brazos que ha tenido en tensión todo el rato. Cierra los ojos con dolor y pasado un primer momento de estómago encogido comienza a andar y sale de la plaza.

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