Invisible

El “súper poder” con el que soñaba de niño era el de la invisibilidad. Por varias razones. En una primera etapa, en la adolescencia y primera juventud, aún “armarizado”, fantaseaba con la posibilidad de estar muy cerca, pero sin ser percibido, de los chicos que me atraían. Gracias a este don caminaba junto a ellos o me sentaba en el pupitre de al lado en el instituto o en la facultad. De este modo, los miraba detenidamente sin ser visto ni descubierto, en toda la extensión de su cuerpo, con especial atención a aquellas zonas que más me atraían: ojos, labios, cuello… en un primer momento. Y un par de minutos después, mi mirada recorría muslos, culo, entrepierna. Esta primera fase de “mira pero no toques” fue breve y se centró sobre todo en Luis Tochón, con el que, en el mundo real jugaba al rugby en los recreos. Un niño venido a hombre en sus formas de un modo llamativamente precoz. Me encantaba desde mi invisibilidad admirar como su recurrente pantalón de pana, color carne para más inri, se le ajustaba como una segunda piel a sus piernas de montañero, marcándolo todo sin dejar nada a la imaginación del observador. Cuando todos éramos palillos sin forma, las extremidades de Luis a los 13 años se veían tan torneadas como las de un levantador de halterofilia.

Rápidamente, para lo que de verdad quería mi invisibilidad era para acariciar, tocar, aspirar el aroma de un cogote, besar, abrazar, acariciar… Ya no solo en lugares públicos, sino en la intimidad de los dormitorios de mis compis de estudios, de juegos o de farra, donde como un fantasma transparente, me podría colar cada noche para dar rienda suelta a mis pulsiones naturales. Aunque en algún momento sintiera un poco de culpabilidad, el deseo y las circunstancias la diluían pronto. Tan solo era una estrategia alternativa para imaginar lo mismo que cualquier chaval de esa edad haría en relación a las chicas, con la diferencia de que ellos no tenían que recelar del rechazo “social” al que yo me podía ver expuesto. En cualquier caso, con lo años, y tras ver la película “El Ente” dejé de un lado los tocamientos con la mano invisible. No quería, ni en sueños, ser el poltergeist para aquellos a los que solo quería bien. El uso carnal de la invisibilidad comenzó a provocarme cierto complejo de fantasma aprovechón de la otra dimensión.

Con los años, a veces he vuelto a recurrir a este “súper poder”. Ya no lo necesito para fantasear con lo que desearía hacer. Afortunadamente casi siempre hago lo que imagino sin mayor problema. Con la edad he refinado las ventajas que la invisibilidad me podría prestar. Y en realidad, a veces actúo como si no pudiera ser visto por aquellos por los que siento mucho más que atracción física.

Ahora, te observo cuando piensas que nadie te ve, para encontrarme con tu versión más íntima y original. No se trata de espiarte. No deseo descubrir nada. Mi intención no es desvelar tus secretos, tus lados ocultos, aunque los hubiera. Simplemente quiero contemplar tu individualidad, asegurarme de que el rizo que cae sobre tu frente cuando te digo que te quiero sigue en su ángulo perfecto cuando no estoy frente a ti. Admirarte antes de que seas consciente de mi presencia, como un preludio de nuestra ópera en el que se anticipa brevemente todo lo que está por venir cuando mi yo corpóreo y visible te abrace. Contemplarte con el mismo embobamiento con el que nos quedamos mirando una cascada de agua, viendo como el torrente se desploma, tan cambiante y tan inalterable a un tiempo. Como todos los minutos que voy a pasar junto a ti sin tener que recurrir a ningún súper poder.

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