500 días de verano

Abriste la puerta y me encontraste estirado en la cama con un paquetito verde en mi pecho. Un regalo. “¿Y esto?“, me preguntaste. Podría ser por muchos motivos, pero te dije que simplemente quería tener un detalle contigo antes de irnos de vacaciones. Quitaste nervioso el envoltorio sin dejar de sonreír. Te gustó tanto que quisiste llevártelo de viaje para no dejarlo solo esos días.

Otra noche más sonriendo, y ya van más de quinientas. Me hubiera gustado estar allí todas y cada una de ellas, para asegurarme de que no te vas a dormir sin esa sonrisa en la cara. Para alargar mis piernas y rozarte los pies, confirmando que sigues a mi lado una noche más. Para apartar el ventilador o taparte bien con las sábanas, y para cuidarte cuando te has puesto malo, o para que me cuides cuando me he puesto malo yo. Para tener una vida juntos que no se limite a un par de fines de semana al mes.

En realidad han sido ya más de 500 días juntos, sí, pero pasando la mayor parte del tiempo alejados. Como un verano que se resiste a despedirse y te despierta del frío en pleno agosto. Como los últimos granos de un reloj de arena gigante que te avisa de lo poco que queda para separarnos o los primeros una vez le hemos dado la vuelta esperando la próxima vez que nos podamos ver. Esta mañana el verano me gritaba que no me fuera todavía, que queda aún mucho por hacer. Todavía nos quedan por lo menos otros quinientos días de verano.

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