Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir

A veces me equivoco. Dicen que es de persona normal meter la pata. ¿O era que “errar es humano”? Me lío con los dichos populares, los mezclo unos con otros. Agosto, aguas mil. Mayo, mes de las hortensias. Lo sé. No está bien. Eso me ocurre por hablar sin pensar. Soy de los que dice lo que piensa, y no de los que piensa lo que dice. Un inconsciente del verbo. Un lanzado de la retórica. Y me meto en unos charcos, que imposible no salir de ellos escaldado. Pero el que no se atreve no avanza, y el que no arriesga pierde, se queda con las ganas. Eso por descontado, ¿o no? Sabía yo que me ibais a dar la razón. Pero espero que sea desde dentro, un sí bien sentido. No que estéis moviendo la cabeza arriba y abajo como los perritos estos que cuando éramos niños se colocaban en la parte de atrás de los coches. Si ese es el caso, soy listo, y me doy cuenta. Que cuando alguien te dice sí sí y no te está escuchando, se nota. ¡Se le queda una cara de pánfilo al susodicho que echa para atrás!

Total, que menuda hostia me he dado hoy. No física, no me he caído, pero me han dado un corte al teléfono que sin ver yo ni estar presenciando a la otra persona me he debido de quedar blanco como la patena. Me lo he notado, que me bajaba la presión sanguínea, se me deben haber dilatado las pupilas y hasta el latido cardiaco se ha quedado en modo pausa. Como me creo muy listo, cuando voy a telefonear a alguien, no tiro de agenda. Si tengo buena memoria, me digo. Y allá que me lanzo, y marco el móvil de Maria Antonia, mi amiga Toñi. Seis equis equis número numerito cero cifra cifra y una más entre el cero y el nueve –entenderéis que no os voy a dar el número para que luego la incordiéis-. Enseguida me da tono, suena una vez,…., dos,…. tres, nadie lo coge,… cuatro,… Descuelgan. Y una voz más grave que la de Clint Eastwood acatarrado sale al otro lado y me dice “¿dígame?”.

“Hola, soy yo, el padre de tus hijos”, digo pensando que era el marido de mi amiga. Una vez ella me contó que entre ellos dos se tienen los teléfonos desviados, para que si no lo coge uno le salte al otro. Por si les contactan desde el colegio no sea que los niños la hayan liado parda, estén malos y vomitando, o borrokas repartiendo castañas durante el recreo a los compañeros. “¿Perdón?” De piedra me quedo. “Hola Luis, que soy yo tío.” “Ya, pero mire, yo no soy Luis, ¿quién coño es usted? ¿Qué es eso de que es el padre de mis hijos?” Enfadado, sonaba a muy cabreado, a estar de una mala hostia que sin ni siquiera verle la cara me estaban temblando las piernas. “Mire, creo que esto es un error, yo soy amigo de Luis y debo haber marcado mal su móvil”. “Lo que usted ha dicho es muy serio, muy serio, ¿quién coño es usted? ¿Qué es eso de que es el padre de mis hijos, eh?” El tono se estaba elevando mucho y a mí me costaba tragar saliva.

“Perdone señor, lo siento mucho, no era más que un chiste que le intentaba hacer al marido de una amiga. No haga caso, a veces soy así, por hacerme el listo y el gracioso meto la pata, hasta el fondo. Además, mire, voy a decirle una cosa para dejarle tranquilo. Es imposible que yo sea el padre de sus hijos, ni de los suyos ni de los de nadie. Porque hay cosas que yo no he hecho nunca. Me explico. Soy maricón.”

Y cuelgo. Juro que no vuelvo a marcar un número de memoria, que para algo tiene el móvil una agenda. Y que nunca más doy por supuesto a quién me voy a encontrar al otro lado. Tonterías de verano, pero que seguro me vuelven a evitar pasar un mal momento. Que no hay necesidad. Ninguna.

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