Al otro lado

Estás tumbado. Y piensas en todo lo que ha sucedido. En todo lo que te has perdido estas últimas semanas. La única ropa que llevas puesta es un bóxer negro, ese que te regaló algún ex del que ya ni siquiera te acuerdas. Es sábado por la noche, un momento para el que todo el mundo tiene algún plan, menos tú. Te has encerrado en tu cuarto, no quieres ver a nadie, no te interesa lo que hay más allá de las cuatro paredes de tu habitación. Y aunque el calor es sofocante, sientes cómo tu mano empieza a acariciar las partes exactas, los puntos que, como pequeños resortes de un mecanismo mucho mayor, hacen saltar todo el incendio que llevabas escrito en la cara.

Posas los dedos en tu entrepierna, y comienzas a masajearte hasta que notas que tu polla se vuelve cada vez más dura. La imaginación, el deseo de encontrarte en otra cama, con él, o con algún desconocido, en esos momentos no importa, pero en cualquier caso sintiendo el contacto de otra piel que reaccione al contacto, que te reconozca, que transpire y sienta la necesidad de que tu cuerpo esté a su lado. La agarras con fuerza, aprietas fuerte aunque el dolor te da placer. Subes, bajas, acaricias con el pulgar parte la parte que ya empieza a resbalar, y sigues con ese movimiento ascendente y descendente. Susurras palabras que te gustaría estar pronunciando, imágenes que te acompañan en la cama, instantes que hacen que tus pezones se endurezcan, se conviertan en el gatillo que hará que la pistola se dispare. Gimes, tu cuerpo se tensa, el vello se eriza, la saliva escasea, y en un solo momento, mientras notas la sacudida, los sonidos se evaporan, desaparece todo el mundo que te rodea, para que aquello que has descargado, eso por lo que tantas batallas has librado, termina por ensuciarlo todo.

La soledad tiene un precio muy alto. El placer no deja de ser momentáneo. Pero no desistes. Te miras al espejo mientras te limpias, mientras en esa casa se oye la televisión en la habitación del fondo. Has pensado tantas veces en que él apareciera, en que él abriera un buen día la puerta y se uniera a ti. Apagas la luz, te limpias la mano, y vuelves a tu cuarto, a ese silencio, a echar de menos y a querer de más. Y así dan las 3:00 a.m. Se acaba el día. Termina para ti. Aunque sabes que volverás, que aunque lo intentes evitar, no podrás hacerlo. Porque tras esa puerta, tras la imitación a madera, se esconde todo por lo que has luchado tanto tiempo. Tan cerca y tan lejos. Y lo único que ha quedado de eso es la gota blanca que, en el suelo, se secará sin que nadie le preste atención.

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