La falta de ortografía

Fue un pequeño detalle. Pero me hizo recordar lo que me dijo mi profesora de literatura. Nunca te fíes de un hombre que escribe con faltas de ortografía. Y sí, cualquiera que lo viera desde fuera pensaría que estoy loco, pero cuando me escribió con ese error en la frase, algo en mi cabeza se encendió. Empecé a recordar las veces en las que me había dicho dijistes en vez de dijiste, ese afán por usar el de que en cada una de las frases, cómo me preguntó una vez, de pasada, si jabón se escribía con b o con v. Pequeños fragmentos de una historia que, por sí solos, no tenían ninguna importancia, pero que unidos como si fueran las migas de pan de aquel cuento infantil, no llevaba a la casa de la bruja, sino a un palacio que en su fachada se las daba de idílico, pero que por dentro era aburrido a más no poder.

Nunca he podido estar con un hombre al que no le guste leer. Me llamó superficial cuando le conocí. Pensó que lo decía en broma, que era alguno de esos chistes que a mí se me ocurrían para aparentar que odiaba a la humanidad, que escondía realmente mi miedo a quedarme solo. No entendió que esa falta de ortografía, aquella vez en la que al escribir mal un simple verbo, significaba que nuestros mundos jamás terminarían por coincidir. Yo hablaba de La historia interminable y él me comentaba la última fiesta en la discoteca de moda; yo le decía que podíamos ir a una casa rural a pasar un fin de semana y él había cogido dos billetes de autobús para la fiesta del Orgullo; yo subrayaba párrafos enteros y pensaba en ellos pero él se quedaba dormido después de haberse bebido la quinta cerveza de la noche.

¿Cómo es posible que dos personas que no se conocen, que no se han visto nunca, rompan una relación que nunca se ha materializado? El teléfono vibró con su última frase, una pregunta que me hacía tras mi silencio de dos días. No he vuelto a abrir la aplicación, no he querido ver quiénes son aquellos que han querido entrar en mi vida desde un teclado virtual, pero me di cuenta que él, con total seguridad, habría conocido a otro, seguiría hablando con faltas de ortografía, y yo continuaría pensando mientras el café en la terraza se enfriara, que de poco sirven los errores al escribir cuando uno no vive en la vida real. Pero al menos es mucho más fácil. Lo único que hay que hacer es, apagar la pantalla.

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