Llueve

Cada vez que llueve me acuerdo del final de “Desayuno con diamantes”. De ese beso bajo la lluvia, largo, apasionado, deseado, tan intenso, tan fundidos el uno en el otro que no sé si me identifico más con Audrey Hepburn o con George Peppard. Si beso o soy besado, si agarro o soy agarrado. Lo que sí queda claro es que ambos se buscan, se entregan. Y ahí se queda la película, a continuación nada más, “The end”. ¿Qué pasaría después? Supongo que a nadie se le ocurrió una segunda parte, en aquella época puede ser que se sintieran satisfechos con el “y fueron felices y comieron perdices”. Quizás le hubieran tenido que pedir los derechos a Truman Capote y bastante había cedido ya con que le convirtieran a la mujer libertina de su relato en una dulce, encantadora y adorable joven enfundada en un Givenchy frente al escaparate de Tiffany’s.

Acordarme de esa hermosa secuencia bajo la lluvia me produce melancolía. Yo también quisiera mojarme, yo también quisiera un beso así. De hecho, si hubiera luz natural ahora mismo saldría a correr para empaparme mientras corro dándolo todo. Esforzándome, superándome, intentando mi mejor marca hasta que la camiseta se dé de sí y al llegar a casa de vuelta tenga que quitarme las zapatillas antes de entrar para no dejarlo todo hecho un desastre. En ocasiones anteriores no me han bastado mis habituales diez kilómetros y he subido a once, o a doce, o hasta trece o catorce mientras recreo en mi mente, imagino en mi alma y deseo desde mi cuerpo que me ocurra lo mismo, que al salir a buscar al puto gato me encuentro contigo, nos miramos y no hace falta decir nada más.

He abierto las ventanas para oír el ruido del agua caer y sentir el olor que provoca al contactar con el suelo caliente y evaporarse rápidamente. Quizás debiera salir a la calle y aunque no conozca esta ciudad a la que llegué ayer, dejarme perder por su trazado medieval y jugar a la lotería, a la de que pudiera ser que bajo este aguacero de verano me encontrara a otro hombre empapado que como yo, pensara que las conexiones son más posibles en los días en que el cielo descarga sobre la tierra. Llegados a este punto es cuando creo que todo esto que estoy escribiendo no es más que una fantasía sin lógica alguna.

Mejor plegar velas y dejarse de historias que puede ser que me tengan alejado de la realidad, tanto que no la vea, tanto que crea que lo son esas fábulas que proyecto dentro con tanto detalle una y otra vez dentro de mí. Esas en la que además de besos bajo la lluvia, se canta con la misma naturalidad con la que se habla y se baila en cualquier lugar como si la vida pudiera ser como en un musical.

Hoy me quedaré a cubierto. Pero seguiré creyendo en que besos como el de Holly y Paul son reales, ciertos y posibles cuando se vive con el corazón; que cualquier momento es bueno para plantearse cambios entonando “… it all began the day I found that from my window I could only see a piece of sky…”; que un día de estos utilizaré el paraguas, no para protegerme, sino para mojarme disfrutando como cuando de niño intentaba emular a Gene Kelly en “Cantando bajo la lluvia”.

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Un comentario en “Llueve

  1. Los besos bajo la lluvia son excepcionales será una de las cosas que jamás olvide de un ex con el que cumplí esa idea y fue por que creo que me leyó la mente y los labios, saludos excelente blog

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