Cuando llega lo que se desconoce

– ¿Tú te has creído que esto es un cuento de hadas?

Eso me dijo mientras las cajas de la mudanza se apilaban en la habitación del fondo. Un cuento de hadas, decía. Como si yo fuera una Cenicienta cualquiera que pretendiera encontrar al hombre que me pusiera el zapato de cristal. Y eso que lo único que sabía ponerse, a la perfección, era el condón cada vez que nos acostábamos. Cada vez que, además, se acostaba con todos los que le hablaban por Grindr, que hasta en eso era idiota y ponía su foto, ahí, recortada, agarrando un brazo con una camiseta blanca asomando por la esquina, mi brazo para más señas. Y él me venía con cuentos de hadas o no sé qué historias, que lo único que le había preguntado era que si creía que el nuevo piso iba a ser lo suficientemente acogedor para cuando vinieran visitas.

– Un cuento de hadas no, pero al menos yo entusiasmo e imaginación le pongo, que tú lo único que has hecho es quejarte por todo.

Llevaba tres días inaguantable. Todo eran quejas, resoplidos, murmullos dirigidos a la sartén que estaba fregando, apartarme la mano cuando en el sofá intentaba acariciarle la pierna, días en los que yo me preguntaba qué mierdas hacía yo con un tío así, pero que después se me olvidaban cuando sonreía al irnos a la cama y nos quedábamos dormidos. Y a la mañana siguiente, vuelta a empezar. Malas caras, algún que otro portazo, y un no llamar continuo cuando habíamos quedado y llegaba tarde.

– Yo me quejaré por todo, pero en esta vida no se puede ir viendo todo de color de rosa, no se puede, que luego vienen las hostias y el que te tiene que recoger soy yo.

A mí, como si fuera un perro indefenso, como si no tuviera otra cosa que hacer en esta vida que recoger los pedazos que quedaban de mí cuando algo malo pasaba. Debía ser que yo no sabía cuidar de mí mismo. Me preguntaba, en ese mismo momento, cómo había llegado al punto de querer convivir, definitivamente, con una persona como él. Con esa mirada de pirado, con esa mandíbula apretada como si se estuviera conteniendo, con el cigarro pendiendo de entre sus dos dedos mientras la ceniza caía en la alfombra. Pero lo hacía, seguía pensando que era él y no otro, que era él la elección acertada entre tanto ir y venir de palabras, entre tanta emoción intensa disfrazada de tormenta eléctrica.

– Tú lo único que sabes hacer es recoger la basura, así que no me jodas Carlos, haz el favor.

Y ahí, en esa sonrisa que intentaba esconderse en su rostro, estaba la respuesta a todas las preguntas que me había ido formulando los últimos años. Le quería, casi era imposible imaginarse los días sin que él apareciera en el umbral de mi puerta y viéramos una película, o se quedara a dormir, o me llamara al trabajo para ver qué quería de cena, que él se encargaba. Nada más importaba, ni siquiera el diagnóstico que el psiquiatra le soltó a bocajarro y que convirtió su vida en un juego entre el gato y el ratón, entre la luz y las sombras, entre el trastorno bipolar y la salud mental. En esa sonrisa, que indicaba que la guerra había sido aplacada, es donde el amor se había colado mucho tiempo atrás, y seguiría en nuestra nueva casa, mucho más allá de pastillas, recetas, terapias, y la paciencia infinita que, a veces, el amor tiene cuando lo que no entendemos se convierte en realidad.

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