Una tarde de verano

Hace calor. Sudo. Necesito agua. Beber. Calmar la sed. Más bien la ansiedad. Salgo de la cama. La falta de sosiego me lleva de una habitación a otra. Entro en la cocina. Abro el grifo. No, mejor la nevera. Agua fría, tanto que la rechazo y vuelvo a la corriente. Sale caliente, pero me alivia. Momentáneamente. No aguanto aquí. Fuera. Necesito calle. Aire. Luz. Espacio.

Pantalones cortos. Estrechos, que se ajustan mejor a mi figura. Camiseta entallada. No soy muy grande, y si el corte es recto me siento dentro de un saco. Zapatillas de cordones, sin ellos me baila el pie y ando como un pato. Llaves en el bolsillo izquierdo, dinero en el derecho. Gafas de sol puestas y móvil en la mano. Tres pisos hacia abajo. Nunca uso el ascensor. Mi edificio no tiene.

A la sombra. Por el sol no hay quien camine. Me achicharro, siento la piel arder. No hay nadie, ni por una acera ni por otra. Solo a mí se me ocurre salir a las cinco de la tarde. La hora de las corridas de toros, la del llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. No hay tráfico, no hay gente. Y aun así, hay ruido. El silencio no existe. El latido de mi corazón, el subir y bajar de mi respiración. También sobre mí, justo ahora, el motor de un aire acondicionado y durante cinco segundos ese coche que niega la negación de “no hay tráfico”.

Cielo azul infinito, totalmente descubierto. Ni una brizna de aire. El frío, la lluvia o la nieve son ahora ciencia-ficción. Si esto sigue así el diccionario perderá muchas palabras, términos que ya no necesitaremos. El ahora es una pausa eterna. El pasado es amnesia. El futuro, ¿qué es el futuro? El reloj no avanza. Tic tic tic. Desapareció el toc.

Semáforos impertérritos. Fieles a su programación. Igual que en invierno, otoño y primavera. Rojo. Verde. Rojo. Verde. El asfalto quema. Un autobús espera a que lleguen viajeros. Nadie dentro. Nadie fuera. En la marquesina un modelo guapo, fuerte, chulo, conquistador, con una mirada que abre las carnes y una barba de tres días que deseo rozara la mía, con una sonrisa a la que es imposible resistirse y un cuello que imagino morder, con unos brazos que ojalá se agarraran a mí y un resto del cuerpo que para el sentido del tiempo,… 39 grados en el termómetro de la marquesina. Fuego.

Se oye un trueno, un ruido. Tiembla la tierra. Sopla el viento. La imagen plana se hace tridimensional. Lo que era una publicidad es ahora un hombre de carne y hueso, de andar decidido que se dirige hacia mí con un aplomo que me abduce, que me obnubila. Esto es verdad. No está pasando en mi cerebro, es una realidad que mis retinas registran y graban.

Cada vez más cerca. No es él que viene. Es mi piel que le atrae. Se coloca al alcance de mis manos. Ya no es solo vista y oído, es también tacto y olor. Le toco, suave pero terso a la par. Como a mí me gusta. Le huelo. Intenso, muy intenso. Despierta mi yo pasional, mi yo irracional, mi yo primario. Me llama como si fuera un imán. Piel con piel, manos a la cintura, al pecho, a la cara. Labios con labios. Labios húmedos, labios carnosos. Se activa el sentido del gusto. Se agita la respiración. Se acelera el pulso. Surgen interjecciones del pecho. Un ay que se forma desde más abajo y se escapa por la garganta. Un ay que se ahoga atropellado por el siguiente. Una sucesión de ays que acaban formando un gemido continuo.

Un pequeño zarandeo. Unos golpes en la cara. No entiendo nada.

– Luis, levántate, arriba, que hemos quedado y se nos va a hacer tarde.

Cómo me jode que me jodan la siesta.

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