“La culpa es de ese movimiento transmedia arcoíris creciente la mar de interesante”

 Cada vez somos más los gayers que tonteamos con la pluma —que no con pluma—, y eso quiere decir que, de un tiempo a esta parte, el gayer medio contemporáneo ha sido capaz, capataz y dueño del cortijo de dar forma, con más o menos suerte, a cuentos, relatos, novelas, blogs, videoblogs, podcasts, etc., así que podríamos decir que estamos ante el surgimiento o, mejor dicho, dándole continuidad y una visibilidad real y notable a un movimiento transmedia arcoíris creciente la mar de interesante, pero también preocupante.

  No os equivoquéis, soy el primero en afirmar que, dentro del amplio mundo de la tematología, la región queer, personalmente, es una de las más divertidas y agradecidas y puede que sea la que más libertad de creación y desarrollo me dé —con esto no quiero decir que dentro de la narrativa en general no exista ese tipo de libertad de creación; debemos tener en cuenta que, en todo momento, estamos hablando de (¡ojo, cuidao!) ficción: los límites los pones tú (¡y el lector, claro!, que si no acepta el pacto ficcional de rigor, deja de consumirte como autor y acabarás escribiendo necrológicas)—, pero tampoco voy a negar que, poco a poco, vamos acercándonos a una frontera que sería mejor no cruzar, hablo de esa pequeña línea divisoria entre el interés y el hartazgo; el texto fresco, rápido y atrayente y el texto manido, previsible y con sensación de déjà vu. Y no hay nada que asuste más a un autor que sonar como los demás y que su voz no se reconozca entre los gritos de los otros miembros de su Escuela del Resentimiento.

 Dejando —por ahora— a un lado a los pequeños resentidos Bloomnianos y volviendo al ‘movimiento transmedia arcoíris creciente la mar de interesante’, es de ley hacer referencia a sus características propias, esas que lo hacen único… ¡Dentro de la unicidad posible, claro!, ya que sus rasgos son tan similares y casi idénticos —insisto, casi idénticos— a los del realismo literario de finales del siglo XIX, exceptuando, obviamente, el factor tematológico, que es “mariposón romantic-a-gridulce”. Que quede claro que no estoy poniendo en el mismo saco la literatura de Flaubert o Balzac con escritores gayers en potencia actuales, no —la total presencia de sentimientos cruzados y experiencias personales ‘remueve-estómagos’ en los textos de los nuevos los descarta automáticamente de lo literario ‘realísticamente’ hablando; ‘eres el rival más débil, adiós.”—; solo afirmo que hay similitud en la manera con la que se plantea la producción literaria, es decir, la descripción y observación social del colectivo como en su momento hicieron los realistas con la sociedad de mediados y fin de siglo. Otra cosa es que la susodicha producción literaria actual se asemeje a la de Flaubert o Balzac, ¡ahí es donde cojea el taburete! Madame Bovary se escribió en cinco años. “¿Sí? Pues muy bien, ¿no?” dirán algunos. ‘Sí, muy bien‘ respondo yo, y añado que con esto quiero decir que cinco años se traducen en unos mil ochocientos y pico días afinando un texto, mil ochocientos y pico días trabajando en el ritmo y la sonoridad de su lectura, mil ochocientos y pico días pariendo una obra literaria libre de ‘peros’ y digna de recordarse y sentirla contemporánea a pesar de su publicación en 1857, y valga la redundancia, mil ochocientos y pico días da para un texto sudado, comido, dormido, desvelado, llorado, meado y cagado y de punta en blanco para su puesta de largo. Para que nos entendamos: con tiempo y una caña, temporada de higos; tiempo es igual a visión global, real y objetiva de un texto literario, y si no le das tiempo al puchero para su cocción, las patatas se te quedarán duras… Tan duras como la realidad que tratan de plasmar los novicios en sus relatos. Por desgracia, tanta realidad similar acabará saturando y derivará en algo mucho más mecanizado; la falta de giros y la abundancia de situaciones presumibles en todo momento, sumados al uso de un lenguaje simple tan propio de una conversación alrededor de una cafetera, da lugar a una falta de interés por parte del que fagocita textos y, para más inri, acaba catalogando tu producto como alioli narrativo y colocando en la etiqueta un “ojo: se repite.”

 Puede que todo esto se deba a la pertenencia de este ‘movimiento transmedia arcoíris creciente la mar de interesante’ a esa Escuela del Resentimiento de la que habla Harold Bloom —hombre al que, años atrás, odiaba y que, cada vez que leía alguna referencia jocosa sobre esta escuela, insistentemente maldecía y respondía con un yanqui ‘no way’, y, ahora, a este señor, amo con la fuerza de los mares, ¡yo!—. Puede que haya llegado el momento de alejarse de los resentidos y volver a formar parte del tejido literario mundial. Puede que, para entrar en primera, haya que cumplir los básicos para la permanencia en primera: hacer literatura real, que no literatura realista (que si la quieres hacer, hazla; yo solo hacía coña con las palabras ‘real’ y ‘realista’, que para eso comparten raíz y voz latina). Puede que las escuelas, en su derecho a ser llamadas literatura tal o literatura cual y en hablar de sus experiencias como colectivo, se limiten a existir y no en expandirse y crecer (¡producción, señores, producción!). Puede que necesitemos dar otra vuelta de tuerca a nuestra capacidad de creación y, así, comenzar a crear literatura y no historias de salón. Puede ser que sean tantas cosas. Puede que yo necesite dejar de hablar tanto. Puede que necesite apartarme de la cafeína.

                         “—Adiós, Don Pepito.

                                 —¡Adiós, Don José!”

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