UP!

Ya fui niño. Hace tiempo que dejé de ser adolescente, afortunadamente. Hoy, la necesidad impuesta de clasificarlo todo se empeña en decirme que ya no soy joven, y mi yo más social me cataloga de “madurito”,  a veces con la amable etiqueta de “interesante”. En realidad soy todos ellos, y ninguno. Pero si es verdad que, con suerte, estoy en la mitad de mi vida.

Sí lo sé, soy demasiado optimista esperando superar los 100, pero necesito tiempo. Mucho más tiempo antes de llegar a la vida “irremediablemente” contemplativa.

Hoy desperté de la siesta con lo que podría ser una pesadilla para la mayoría, pero que yo prefiero aceptar como un sueño de implacable realidad, algo con un sentido más neutro que haga más fácil su aceptación. Me imaginaba con 90 años, caminado con la ayuda de un andador por un jardín idílico. Parecía el Edén. No estaba muerto, pero cerca.

Puede parecer patético, dar miedo, deprimir…pero no tiene porqué ser así.

Es verdad. De entrada la imagen de mi “yo anciano” no parece muy inspiradora. Movimientos, no torpes, pero sí algo lentos. Cómo soy optimista, digamos que fluyo a cámara lenta. Indudablemente estaré limitado físicamente. Seguro que no podré darle a mi cuerpo el buen uso, y el buen abuso, que aún en el presente le doy. Pero veo que mi organismo aparentemente aún funciona aceptablemente 4 décadas más allá. Ojalá.

Eso sí, estoy un poco huesudo, hay mucho más pantalón que cintura –por fin se fue mi fiel barriguita, más vale tarde que nunca. Eso sí, sigo calvo, a pesar de que he rogado que inventasen la pastilla “crece pelo” antes de llegar a los 60, se ve que no ha sido posible. Así que no volveré a sentir la brisa en mi flequillo, sensación que es lo único que echo de menos de mis años de melena. Quizá cuando sea nonagenario no lo recuerde y sea un deseo más superado.

No obstante, en mi sueño futurista se ve que, por fortuna, recuerdo bastante, lo esencial. Lo sé porque me veo con la mirada algo perdida. A mi despiste natural se habrá sumado la irremediable pérdida de agudeza visual. Pero sobre todo, lo sé porque en mi rostro hay una sonrisa plácida y casi permanente. Quizá, para quién no me conozca en ese momento podría parecer demencia senil –también de eso habrá algo- Pero, yo que me veo a esa edad, yo que me conozco, sé que esa sonrisa es el reflejo de todo lo vivido. A los noventa espero seguir cargándome de emociones y sensaciones frescas, del día. Pero también estoy seguro que tiraré mucho de la biblioteca vital que durante todos los años previos he ido acumulando. Y desde la mitad de la vida, ya puedo decir que tengo muchos motivos para sonreír, para recrear una y otra vez cientos de momentos felices, intensos, tan reales como mágicos.

Es mi mejor medicina paliativa para cuando esté llegando el final, para apurar hasta el último sorbo vital, para sentirme satisfecho de no haber pasado de puntillas por este mundo, para haber cumplido mi principal deseo, no estar ausente de mi vida ni un solo segundo.

Terminé el sueño exclamando a ese anciano tan simpático: ¡Sonríe! ¡Sonríe! ¡Que, sin prisa, pero sin pausa, ya voy de camino!

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