Just say yes

“Estos hombres y mujeres respetan el matrimonio de manera tan profunda que ellos mismos han decidido lograrlo para sí.” Con este argumento irrebatible, el Tribunal Supremo de EEUU legalizó ayer el matrimonio igualitario. Siempre lo he pensado: que la derecha y la Iglesia deberían alegrarse de que los homosexuales también quieran casarse.

A mí, las bodas me parecen dignas de otra época. No me gustan ni me gusta lo que simbolizan. No me gusta mezclar gente, no me gusta hacer promesas que sé que no podré cumplir, tampoco sentir más ataduras de las necesarias. Dudo que llegue a casarme algún día. Supongo que con todo lo cursi y romanticón que puedo llegar a ser, sorprenderá que diga esto.

Eso sí, lloro en las películas cuando se casan. Como todo el mundo. Y sobre todo, comprendo, las ventajas legales. La seguridad que proporcionan, los quebraderos de cabeza que ahorran. Y por ello he defendido nuestro derecho a casarnos, igual que he defendido muchas cosas que a título personal no comparto. Ayer me alegré. Mucho, igual que cuando se aprobó aquí. Creo en la libertad de elección. Dudo que llegue a casarme, pero prefiero tener la opción de hacerlo si un día cambio de idea.

Fotografía: Théo Gosselin.

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