Deja que la música hable

Gerard corroboró aquella noche que el ser humano es absurdo por naturaleza. A él siempre le había dado vergüenza expresar su opinión delante de un número considerable de personas. No soportaba las preguntas comprometidas o las miradas demasiado prolongadas. Y, sin embargo, era capaz de desinhibirse en la pista de baile sin importar cuántos ojos estuviesen puestos en los movimientos de su cuerpo.

Lo encontró en la discoteca, con el volumen de los altavoces al máximo y el efecto del gintónic bien latente en su organismo. Ya se conocían, aunque ese concepto era bastante confuso en una época donde las redes sociales difuminaban el término “amistad”. Fue en ese momento cuando intercambiaron las primeras palabras sin necesidad de teclearlas. No necesitaron ninguna red WiFi para descubrir que su conexión era instantánea y efectiva.

Bastaron unos cuantos minutos de conversación y un par de copas más para que la tensión inicial desapareciese y empezasen a mover sus cuerpos a un ritmo casi idéntico. Gerard percibió que ya no eran necesarias las palabras para seguir hablando. La sonrisa de su acompañante brillaba con la luz de los neones mientras éste observaba sus contoneos, y pronto le obligó a seguir moviéndose sin opción a detenerse. La diversión y la compenetración aumentaban a cada nuevo compás. Se convirtieron en John Travolta y Uma Thurman, en Patrick Swayze y Jennifer Grey y en Bradley Cooper y Jennifer Lawrence. Dejó de importarles lo mal que bailaban, el esperpéntico espectáculo que estaban montando o la gente que podía estar criticándolos. Se olvidaron incluso de la música que estaba sonando y se dedicaron a disfrutar del momento, de su sincretismo y de aquella chispa que ardía más que cualquier hoguera.

Sus ojos podían expresar a la perfección lo que estaban pensando el uno del otro, pero también eran conscientes del peligro que conllevaba mostrar aquella revelación. Unos centímetros menos de distancia entre ambos pondrían el mundo en su contra. Podrían ser algo más que conocidos. Podrían ser mejor que lo que tenían en sus respectivas vidas. Pero ambos sabían que aquel vínculo se vería obligatoriamente interrumpido en cuanto la fiesta acabase y las luces del local se encendiesen. No podía ser de otro modo.

Mientras tanto, dejaron que la música hablase por ellos y siguieron bailando. Nunca morderían la fruta prohibida, pero jamás podrían prohibirles aquel placer.

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