La voz de las muñecas

Mi hermana siempre jugaba con su Barbie, esa que tenía un vestido de princesa, con su corona y todo, mientras yo me dedicaba a inventar historias para que ella pudiera hacerlas realidad. Fue así como empecé a creer que las palabras podían hacerme huir de esa pequeña habitación que compartía y que dejaba la intimidad escaparse por cualquier grieta de la pared. Me inventaba todas las voces de aquellas muñecas, mientras a mi alrededor la casa se desmoronaba y la familia iba dando tumbos por algo tan simple, y retorcido, como la realidad.

Pero esta no pretende ser una historia triste, una narración de una persona melancólica que se ha quedado en el pasado. Aquí lo verdaderamente importante es lo que pasó después, lo que pasa ahora, lo que en esta habitación que ahora es mía, guardo en pequeñas cajas que tienen infinidad de recuerdos dentro. Y en el centro de todas ellas, como si estuvieran malditas, las voces de esas muñecas que terminaron por convertirse en un aliado cuando él, con esa mirada tan desprovista de toda ilusión, aparecía por la puerta y quería jugar conmigo a cualquier cosa, a lo que fuera, y yo siempre estaba dispuesto, porque descubría en su compañía algo que no había encontrado hasta ese momento: el deseo.

Todos tenemos un momento, un pequeño instante en el que un detalle hace que todo cambie. Ese momento, para mí, fue el instante en el que el roce de mi mano sobre su mano significó que la corriente eléctrica me erizara el vello. Y lo que no era el vello. Allí, en esa entrepierna que despertaba casi por primera vez, estaban concentradas toda la vida y toda la necesidad que un niño de diez años podía reunir en sus pantalones. La esperanza era lo único que podíamos perder. O eso creíamos.

Esas voces. Esas absurdas voces que, con el paso del tiempo, se convirtieron en la huella dactilar que construyó una mitología propia de un adicto a la literatura fantástica. Fueron pocos roces más, algún beso en la mejilla que no significaba lo mismo para cada uno, un discurrir de dedos por debajo del pantalón, descubriendo por primera vez lo que era una erección sin tener ni idea de lo que significaba. Recuerdo que dijo que le gustaba, pero también que las niñas le miraran. Y ya se sabe, no hay nada más peligroso que un chico guapo que sabe que lo es. Él lo era, lo sabía, y ahí fue cuando las voces de aquellas muñecas se convirtieron en gritos que lo único que hacían era repetirme, una y otra vez, que ya era hora de dejar los juegos, que el amor había llegado para quedarse.

Mi hermana dejó de jugar con muñecas cuando el primer CD de los Backstreet Boys apareció, y todo era música que invitaba a bailar, y a enamorarse de un grupo de chicos que podían conseguir cualquier cosa. Hace tiempo que había olvidado esas voces que me recordaban su cara, esos dientes movidos y ese cuerpo fibrado que hacían que su chandal marcara sus pantorrillas. Pero volvieron en el mismo momento en que su cara, sus manos, su pelo, apareció en la puerta de nuestro portal, con veinte años más, en una esquela que nos invitaba a todos a su entierro. Y yo lo único en lo que podía pensar al mirar esa foto era en que, incluso con los años, seguía sabiendo que era guapo, y eso era lo más peligroso de todo.

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