¿Qué tal tu día?

 

 

     …y el tío va y abre la puerta sin llamar ni nada. A ver, que a mí no me importa que entren en mi despacho sin llamar, pero es mi despacho, ¿sabes? Imagina por un momento que, cuando entra, estoy ocupado. Ahora, ¿qué?; no digo que vaya a pasar, que esas cosas no las hago yo en horas de trabajo… Nunca… Jamás…

¡Palabrita del niño Jesús!

  A lo que voy: que llega el señor muy dispuesto y, como una flecha, va directo a una de las sillas de mi escritorio y se sienta —¡Ahí su polla!—, suelta un “buenos días” la mar de feliz y empieza a contarme no sé qué cosa sobre que había dejado la jaula de los pollos en el pasillo porque viene con ellos en la furgoneta desde su pueblo y que, como su pueblo está a tomar por culo y los bichos se han cagado encima los unos a los otros en el viaje, el “Alcatraz de aves” va dejando un tufete a mierda de pollo que es cosa guapa y que prefiere no perfumar mi despacho. Como yo no me estaba enterando de nada, solté con un “¿qué?” digno de una paguita del Estado. Entonces, el hombre, que me venía con una carita pizpireta y salerosa a lo Marisol en ‘Marisol rumbo a Río’, pasa de la alegría a la pena en un trix y me pregunta “¿Tú no eres el Alfonsico, el ‘chico’ de La Maripi de Muelas?” Y al escuchar “el ‘chico’ de La Maripi de Muelas” lo entendí todo.

El señor no se había equivocado.

  Por lo visto, mi madre, que es un poquito muy hija de puta, estaba mandándome otra vez a los del pueblo para que les solucionase los pifostios familiares —y por tanto, también los pifostios de herencias—; por poner un ejemplo, hace más o menos un año, la pobrecita hijaputa mandó a la Romualda, su comadre y vecina puerta con puerta de toda la vida; la buena mujer, que no hija de puta —como ya he dicho antes, la hija de puta es mi madre por mandármelos—, quería que le arreglase los papeles para que le diesen unas perrillas (es decir, una subvención) por sus olivos. Pero, curiosamente, la cosa no era solo arreglar papeles, no, también tenía que convencer a sus cuatro hermanos vivos y, además, a los herederos de sus otros cuatro hermanos muertos, que, a tres hijos por hermano muerto…  sí, doce personas más. Por lo tanto, ¿doce más cuatro? ¡Exacto!, dieciséis mastuerzos de Muelas a los que convencer. La historia de la Romualda dio más por culo que el que daría Tim Kruger con los ojos cerrados un fin de semana cualquiera en el Kluster, pero la guinda del pastel de la Operación ‘Olivos de Oro’ fue que la señora, muy agradecida por haber conseguido las ansiadas perrillas, me regaló dos pollos (vivos) y unos sacos de pienso para los animalicos. Sí, los mismos pollos que solté en el parque de atrás de casa para que sintieran en sus propias plumas eso que llaman LIBERTAD.

Con esto, ya te haces una idea de lo que significa que venga algún recomendao de mi madre.

  Como iba diciendo, tranquilicé al señor  que seguía con su cara de pena y le dije que sí, que yo era “Alfonsico, el ‘chico’ de La Maripi de Muelas” y, con resignación, le pedí que me contara su problema y a ver en qué le podía ayudar y, como antes, empezó a decir no sé qué sobre su abuela, que la quería mucho y que hacía unas natillas con campurrianas muy ricas en vez de natillas con galletas maría y que se le quedó la espinita clavada por no contarle algo de que se había desviado o que él era un desviado y que si con los pollos no era suficiente, que también tenía una cabra para sacrificar. Entonces, evitando el anterior ‘¿qué?’ de monguer, le pregunté que para qué quería yo una cabra para sacrificar y, sobre todo, por qué la iba a sacrificar, que los animalitos son del Señor. El hombre, extrañado, me dice que la Romualda le ha dicho que yo le solucioné un problema gordo, que aquello fue magia, y que tan solo a cambio de dos pollos gordos de corral. Claro, yo le tuve que aclarar al señor que yo solo soy abogado y que lo más que podía hacer era hablar con su abuelita e interceder por él para que ella le reciba. “Está muerta” dijo el hombre aún tristón y me aclaró que lo que él quería era que la levantase del panteón familiar para echar un rato con ella y dejarle todo dicho y redicho y que esa era la razón de los pollos y la opción B: la cabra. “Abogado, sooooy A-BO-GA-DO” repetí. “¡Son solo cinco minutos y otra vez al hoyo, se lo juro!” imploró él. “No soy Fiona Goode” le aclaré. “¿ein?” ladró él. “¿puede salir de mi despacho?” le pregunté. “¿Y mi abuela?” preguntó él. “¡¡Seguridad!!” grité yo. “¡¡Tus muertos!!” espetó él. “En el cementerio, pasándolo muy bien entre flores de colores” tarareé yo. “Tocado y hundido” admitió él, recogió y se fue con sus pollos y sus rollos vudú a otra parte.

 Y ese ha sido mi día cariño. Ahora tú, ¿qué tal tu día?

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