En línea

Observas la pantalla. Miras durante demasiado tiempo. Un segundo, dos segundos, tres segundos. Nada ha cambiado, pero en realidad sí lo ha hecho. Una hora antes habíais hablado de planes, de futuros proyectos, pero sin haberlo previsto, él te ha dicho que en realidad lo mejor es dejarlo, que lleva meses pensando que la cosa no tira, así dicho, “la cosa no tira”, como si vuestra relación hubiera sido una piedra que se lleva al cuello. Y tú te has quedado en silencio, sin saber muy bien qué decir, sin entender nada.

Miras la pantalla. No puedes evitarlo. Piensas en todos esos momentos en los que te dormías después de un “buenas noches” y el icono con un beso. Esa cara que, ahora, cuando revisas las conversaciones, te parece tan absurda. ¿Por qué esa cara te lanza un corazón? Los besos no tienen nada que ver con el corazón, es simplemente compartir fluidos. Y todo podría haber seguido igual: tú escribiendo sin parar, él contestando con monosílabos, y a ti no te hubiera importado, porque estabas enamorado, porque él lo era todo, era tu mundo, era tu vida. Y ahí estaba el error, y es este mismo momento cuanto te das cuenta. En esas dos palabras que, como un subtítulo de su nombre, te dicen que está ahí, que se encuentra frente a otra pantalla igual que la tuya, pero que no quiere hablar, que el silencio se ha convertido ya, por fin, en la única respuesta. Y es que no hubo nunca dos palabras que dolieran tanto.

Alberto

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