Un gesto pequeño

Creías que no podías cambiar nada. Que tu situación era inevitable, que no había alternativa. Creías que tu única opción era esperar que el otro se cansara y se fuera. Que un día dijese que ya había sido suficiente y se largara. Estabas convencido de que no había otra manera de hacer las cosas. Que lo que se esperaba de ti era que te quedaras obedientemente quieto y callado, sin molestar. Que tu opinión era irrelevante y que no tenías que olvidar quién llevaba la sartén por el mango. Que era mejor que te quedaras en casa con él, que ahí fuera había gente con malas intenciones. Que más vale malo conocido.

Ayer al despertar tomaste una decisión. Te duchaste con toda la tranquilidad del mundo usando el gel que te tenía prohibido porque le recordaba al pasado. Desayunaste los cereales que él tanto odiaba porque le hacían daño en los dientes. Te miraste sonriendo en el espejo roto del recibidor y expulsaste el miedo de tus hombros antes de coger la puerta y salir. Te costó darte cuenta de que un gesto tan pequeño podía ser tan poderoso.

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