Siempre lo supe

Se mantuvo quieto. Los ojos del oso de peluche nos miraban como si estuviéramos haciendo algo a escondidas, nos seguían a cada paso que dábamos, o puede que fuera el efecto del porro, que él se había empeñado en fumarnos a medias, sin excusas que valieran, porque había que celebrar que yo había entrado en la universidad, aunque eso significara que nos separaríamos, que en ese momento viviríamos en ciudades diferentes, y que nos veríamos, si los estudios nos lo permitían, una vez al mes, a lo sumo dos.

– No entiendo por qué tienes ese oso de peluche todavía, da un mal rollo que te cagas

La distancia entre dos cuerpos puede medirse, siempre, entre las expectativas de sentir el roce del otro, o la necesidad de alejarse. En ese hueco que queda para que el aire fluya, es donde se concentran las mayores decepciones. Puede que el humo ayudara a crear una especie de barrera, como si él y yo fuéramos dos seres desconocidos, que nos viéramos por primera vez, como si no lleváramos casi diez años de amistad, veinte películas vistas en las butacas del cine del pueblo, demasiadas gominolas compartidas o robadas en la tienda de la esquina, o incluso algún que otro libro que sé, a la perfección, que nunca se leyó aunque se los dejara.

– Seguro que en la universidad triunfas, tú siempre lo haces allá donde vas

En esas palabras había mucho más que no decía. En realidad, que no decíamos. Porque la amistad pasó hace rato a convertirse en algo extraño, como si las miradas tuvieran que hacerse furtivas, como si los silencios dijeran más que las palabras, como si esos pequeños empujones disfrazaran en realidad las ganas de un abrazo que, en aquellos instantes, los dos necesitábamos y ninguno estaba dispuesto a dar. El humo acabó disipándose cuando abrimos la ventana del cuarto. Y de nuevo empezó a hacerse demasiado grande la distancia entre los dos cuerpos.

– Va siendo hora de irnos a la plaza, que nos estarán esperando estos para la fiesta de despedida

Y yo no quería fiesta con nadie, sólo con él. Pero los dos salimos de la habitación, cruzamos el pasillo, nos detuvimos en la puerta de la cocina porque habíamos dejado en la nevera las bebidas preparadas, y al salir a la calle, como si todavía aquel oso de peluche nos estuviera mirando, echamos a andar hacia la plaza sólo que esta vez, él me dio la mano, la acarició dos simples segundos, y al acercarse a mi oreja, me susurró sin yo esperarlo:

– Siempre supe que te irías aunque yo no hiciera otra cosa que quererte.

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