Lo que no te conté mientras veíamos ‘No te olvides el cepillo de dientes’

 

 

El año 1990, además de haber sido el comienzo de la lucha por las audiencias para los nuevos canales de televisión, también fue mi comienzo en la ahora desaparecida EGB. Aquello supondría un gran paso para mí: dejar a un lado a León, mi ubicuo hermano, para comenzar mi andadura en las relaciones sociales.

Es decir, que los seis años es la edad en la que comienza nuestra… ¿vida social?

 

Imaginad: ciento veinte niños. Desconocidos todos. Abrumados no, acongojados. Completamente acongojados porque, aunque les hayan dicho que se lo van a pasar pirata y que van a hacer un montón de amiguitos —porque con seis años no se hacen amigos, se hacen amiguitos. Y sí, dicho con la boca pequeña. Todo lo que se hace a los seis años se hace “de boquilla”. Por lo tanto, por conveniencia. ¡Incluidos los amigüitos!—, saben que a partir de ahora todo será responsabilidades que irán, gradualmente, en aumento, y que las tardes y fines de semana de rascarse las avellanitas a dos manos… naranjas de la China.

Pero nos equivocamos si decimos que a los seis años empieza nuestra vida social, porque lo que en realidad comienza es nuestro autodidacto aprendizaje a las relaciones sociales, que precede a lo que años más tarde será una carrera de fondo llamada vida.

 

Ahí estaba yo. Primer día de clase y con una sonrisa en mi pánfila cara. Rodeado de otras treinta y nueve pánfilas caras. Saliendo, por orden de lista, al encerado para hacer un breve resumen de nuestra (valga la redundancia) breve —y a nuestro parecer de entonces, intensa— existencia, cual muro de Facebook hoy día, y para asignarnos nuestro número en la lista de la clase.

— ¡Teodoro Zapico Oliscas, eres el diecisiete! — Dijo Don Ricardo, mi tutor.

 

Ya está. Estaba fichado, marcado como las reses.

 

No había vuelta atrás.

 

Y dieron las once y media de la mañana. Había llegado la tan temida hora del recreo: tenías media hora para alternar cual puta en la güisquería a la caza del putero con posibles. Era de vital importancia encontrar un mínimo de dos compadres en los escasos treinta minutos que duraba el descanso meridiano, porque si no lo lograbas, corrías el riesgo de ser tachado de raro, oscuro, siniestro por el resto de tu vida escolar. Ay, y en plena búsqueda del colegui perfecto… encontré al que no me debía encontrar: mi hermano León.

 

Lo que existía entre León y yo era la ley “culo veo, culo quiero”. Una condición intrínseca en las relaciones entre hermanos y de la que pocos se salvan a no ser que seas hijo único o que la diferencia de edad con tu hermano sea abismal.

 

En noviembre de 1989, la presencia de aquella ley no escrita comenzó a hacerse palpable entre León y yo. Tan palpable que le tomamos gusto y todo a eso de repartirnos hostias como panes a la primera de cambio; pero en ese año, 1990, con la liberalización de la televisión en España y, con ello, la llegada de Antena 3 y Telecinco, eso cambió —Canal + no contaba porque, por aquel entonces, su visionado estaba regido por la tan genial idea de emitir una imagen codificada que sólo podían visionar los afortunados (y pudientes) que tuvieran en su poder un coqueto descodificador y su correspondiente llave, que tenía el poder de que aquellas rayas horizontales, blancas y negras, en constante movimiento, se convirtieran en culos y tetas en las madrugadas de los viernes—.

 

Cambió, pero a peor.

 

Telecinco nos puso en bandeja un compendio de lucha sin normas y en imágenes en el que basar nuestras batallas y mejorar nuestras llaves. Desde entonces, las peleas entre los dos se volvieron más cruentas; ya no éramos León contra Teo, cada uno adoptó el nombre de su luchador predilecto, León era Hulk Hogan y yo El Último Guerrero. Fue tal la afición que le tomamos al programa que hasta nos compraron las réplicas en figuritas de acción de los dos luchadores. Por suerte —para nuestros padres—, el programa solo se emitía los fines de semana, y, durante el resto de los días de la semana, León y yo nos mirarnos a la cara lo justo… Lo justo para enzarzarnos en otra nueva pelea.

 

Por suerte, en 1995, con la llegada de No te olvides el cepillo de dientes, nuestras diferencias se resolvieron para poder dedicarle toda nuestra atención a Paula.

Aunque yo solo tenía ojos para Álex Casanovas.

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