Los abrazos mojados

Me pediste una lista, una que reflejara todo lo que aquel fin de semana pudo significar, o significó, aunque no supiéramos ponerlo en palabras. Me la pediste, y aquí está, como uno de esos ejercicios de clase que tanto me gustaban hacer, como una especie de redacción de verano donde contábamos, frente a los compañeros, cómo las horas se alargaban y lo único importante era, para variar, la sonrisa pintada en los labios.

Un viaje. El tren que agota su ritmo. La llegada, tan tierna y dura a la vez. Una maleta que no rueda bien, las voces de la gente mientras habla por teléfono. Ya estoy aquí, ¿y tú?. Verte a lo lejos, como un niño pequeño que espera su regalo de cumpleaños. Un beso, quizá dos, un abrazo, y nuestro primer cigarro. El taxi que avanza, la llave que grita, la casa que nos acoge. La primera conversación, las primeras miradas, el miedo de los besos que se esperan y no llegan. Y allí, en la cama, tirados mientras la siesta hace acto de presencia, aparece, esa unión de labios, ese oscuro deseo que provoca más calor, que desequilibra los cuerpos, el escalofrío de la vida arropado en unas sábanas limpias.

Una ciudad que espera, que anochece, que se duerme en las calles. La primera cena, la primera cerveza, la primera vez para todo que significa a su vez la última, el descenso en los días, el acercarnos a la despedida. Libros que compartir, que nos hablaban, que nos regalábamos como si en esos dos días tuviera que condensarse el mundo. Un universo tan grande y a la vez tan pequeño, imposible que cupiéramos en él, mientras a nuestro alrededor el planeta seguía girando, explotando, destruyéndose entre litros de alcohol, terrazas nocturnas, y luces brillantes cercanas a la epilepsia. La vuelta a casa, la mirada huidiza de quien no sabe qué está haciendo, una ducha, tú y yo, enfrentándonos a todo, acercando nuestros cuerpos, abrazándonos, sintiendo cada centímetro de piel en las manos. Un abrazo mojado que permanecía, que significaba, que nos transformaba. Un suspiro que se escapa, dos segundos en silencio, tres momentos reflejados en el cristal.

El regreso que invierte los términos, el simple bostezo de la realidad que nos empujaba. La estación de tren como si fuera la boca de un lobo, esa pesadilla infantil que nos convertía en desnudez, que removía los miedos y los sacaba a la luz. Esa hora, la de la partida, la de alejarnos para seguir cerca, la de volver a la patria, sólo que sin bandera ni canción de fiestas, ese punto en el mapa que transformaba la palabra “distancia” en “imposible”, el “amor” en “cariño”, el “abrazo” en “prueba de vida”. Mensajes que se escriben con el ruido de una puerta al abrirse, el echar de menos, las primera palabras, el primer día alejados, el recuerdo de lo que fue, el presente de lo que no es, el futuro de lo que quizás pueda significar.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s