Conversaciones pendientes

Érase una vez un hombre que se había propuesto ponerse ese día firme con su chico. Como cualquier otro día habían quedado en su casa, su novio le iba a recoger en coche para luego salir a cenar. Cuando sonó el timbre le dijo que subiera y repasó mentalmente el guión que había ensayado consigo mismo varias veces a lo largo de ese viernes.

Vamos a ver si consigo decírtelo de manera que te quede claro, ¿de acuerdo? No quiero tener que levantar la voz ni repetir cada cosa que te diga dos o tres veces como suele ser tónica habitual contigo. Espero que por una vez me escuches como Dios manda y logremos entendernos. No puede ser que cada vez que intento tener una conversación profunda en la que compartir contigo como me siento con respecto a esos aspectos entre nosotros en los que no estamos en sintonía, tú no solo me des la espalda sino que lo hagas dando un portazo y no sabiendo después de ti en uno o dos días.

Así es como se había propuesta comenzar la conversación, pero no hubo manera de cumplir lo premeditado. Cuando abrió la puerta y le vio, las palabras subieron desde su estómago, pero se atascaron en la garganta, se amontonaron unas sobre otras, las primeras obstaculizaban el camino e impedían su salida a aquellas que debían hacer saber a su partenaire cuál era su desazón interior. El resultado es que tan solo pronunció algunas en absoluto desorden que apenas bastaron para unir una interrogante a una afirmación previa.

  • Ya estoy listo, ¿nos vamos?
  • Si estabas ya preparado, ¿por qué me haces subir? Haberme esperado abajo y así no perdíamos el tiempo.

Él no esperaba obtener respuesta alguna y la réplica se le agarró al estómago. Hasta ahí descendió ese discurso al que nunca dio voz, convirtiéndose en un peso pesado que arrastró ya toda la noche. Uno más, una piedra más en esa mochila invisible que portaba a sus espaldas a todas partes de asuntos por resolver.

Otra vez, otra vez lo mismo. Este tío es tonto y no lo ve, es incapaz de ver más allá, ¡no tiene dos dedos de frente! Pero yo soy más tonto aun, que sí me doy cuenta de cuánto lo es él y cuánto lo soy yo y no hago nada porque esto cambie. ¡Pero cómo se puede tener tan poco tacto! Si no me quiere, ¿por qué está conmigo? Y si me quiere, ¡qué manera es esta de hacerlo ver! Esto no puede seguir así, así no. Habrá a quien le valga, pero a mí no.

No basta con quererse. ¡Hay que demostrarlo! Con una sonrisa, con un abrazo, con una mirada, con una caricia. No sé, tendría que ser capaz de decirlo, que así no, que no estoy a gusto. Pero no soy capaz. Y esto no puede seguir así. Quisiera gritarlo, pero el grito no sale. Hablar, sí hablo. Pero a la hora de gritar, parece que soy mudo.

Y así acabó el viernes este hombre. Sonriendo durante la cena, pero sabiendo que tenía una deuda pendiente consigo mismo para descubrir el modo de no tener que deberse nada a sí mismo.

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