Piedras

No lo hago más. No me la juego. Tengo que dejar de amar a Rachid.

Ya ha pasado un mes desde que Khaled fue apresado por los mutaween*. Es mi mejor amigo y no sé nada de él. Bueno, sí lo sé. Kahled ya no es él. Es un trozo de carne apaleado, y lo que quede de su persona habrá renegado de sí mismo tantas veces como pedradas haya recibido.

Yo no quiero terminar igual que él. No por mí, que no me importa que me torturen o lapiden, que por besar y abrazar a mi Rachid doy la vida. Es por mi madre. Ella no merece el sufrimiento y la vergüenza, ni que la señalen por la calle, ni que el resto de la familia, esa tan unida y con tanto amor representado, la repudie y la trate el resto de su vida como a una apestada. Por ella, no puedo ver más a mi amor, a Rachid.

 

Hay amantes que se aman en una soledad reconfortante y buscada, porque, por momentos, con su amor tienen todo lo que necesitan. Hay otros muchos amantes que están condenados a la soledad más absoluta, porque más allá de su amor solo hallan incomprensión, odio e, incluso, la muerte.

 

Hoy me masturbo muchas veces. Todas las necesarias hasta que no tengas ganas de ir a la tienda de alfombras donde trabaja. Sé que él me está esperando. Voy cuando su padre toma el té en el cafetín. Entonces, Rachid y yo vamos al almacén trasero. Jugamos entre las alfombras, yo me resisto, él se resiste, sonreímos y en cinco segundos estamos abrazados y besándonos, temblando, de  miedo por si alguien se asoma, pero sobre todo, por el hambre de nuestros cuerpos. Que su piel me sabe dulce, a dátil y a leche con miel. Si empezamos, solo hay una forma de parar, el gime mi nombre como si todo un ejército de amantes se le viniera encima “AlBasil*, Albasil….¡Albasil!

Ni siquiera voy a pensar en él cuando me toque, voy a pensar en mi prometida, en Jamila. Lo haré por mi madre, para que no sufra la vergüenza de este hijo.

Yo no soy como Khaled, al que todo le daba igual. Siempre rondando los hoteles de turistas. A mi amigo no le gustan estos hombres de verdad. No del modo en que yo deseo a Rachid. Mi amigo busca señores mayores con traje, europeos rubios y pálidos que visitan el país por negocios. Dice que es su única posibilidad para salir de aquí. Cada mes tiene un nuevo hombre, pero todos se olvidan de lo prometido cuando regresan a sus fríos países. Y Khaled se decepciona, pero sin sufrir mucho. Rápido se resigna, con su música americana en su iPod nano, y su camiseta de Armani y su cinturón de Dolce Gabbana y sus zapatillas Nike. Regalos de sus hombres.  No se dio cuenta de que lucir todo eso aquí ha sido como ir pregonando a voces lo que hace. Dicen que un conserje de recepción fue quien lo denunció. Será porque Khaled no quiso acostarse con él, o por la envidia, que sus regalos de marca eran mejores que las propinas que dejaban los extranjeros con corbata.

Ayer hizo un mes de lo de Khaled. Su familia no dice nada, y su madre sale a la calle con la cabeza baja, sin pararse a hablar con nadie. Yo no quiero que mi madre tenga miedo de salir a la calle.

Pero no puedo dejar de pensar en Rachid y en sus ojos avellana.

¡No!¡No! Jamila, ella es mi destino, es bonita, cariñosa….

No creo que su sabor sea tan dulce. No sé cómo es, no me interesa.

Sueño con Rachid cuando duermo, porque él es mi último pensamiento y con su nombre  despierto cada día. Y tengo miedo también de soñar. Mi hermano menor duerme a mi lado y dice que por las noches me muevo inquieto y murmuro un nombre: Rachid, Rachid, RACHID… Creo que empieza a pensar algo raro. Le digo que juego al fútbol con los amigos en mis sueños, y que le marco buenos goles a ese Rachid, el portero del equipo, el chaval de la tienda de alfombras del zoco viejo. Mi hermano mira al cielo y gira la cabeza de lado a lado varias veces. Él es recto y devoto. Es mi hermano pequeño, pero desde que se ha dejado barba parece mayor, siempre serio, y ya no hablamos de cualquier cosa, que ahora todo lo dice circunspecto y solo se explica con metáforas de los textos sagrados.

Algunos dicen que hay países donde puedes casarte con un hombre. Eso tampoco lo veo bien, no es normal, es inmoral y va contrala Ley de Dios. Pero al menos, al menos puedes estar con tu chico sin el miedo a las palizas de la policía o de la gente, o a las piedras, o a lo peor, a la vergüenza de tu familia.

Tengo que pensar más en Jamila, con ella tendría muchos hijos, bonitos nietos para mi madre, un orgullo para mi padre y para Dios. Si pienso mucho en Jamila diré su nombre en sueños, mi hermano no mirará al cielo y todo dentro de mí cambiará.

Pero Rachid, mi dulce Rachid y sus abrazos fuertes…sé que ya me estará esperando, en cinco minutos podría estar en su tienda y es la hora del té de su padre.

Solo me he tocado tres veces desde que desperté, pero sigo pensando igual de intenso en su cara y en su cuerpo. No solo en tocarle, pienso en él a mi lado, en sus palabras o en sus silencios. Solo quiero estar cerca de él y mirarle, no me hace falta rozarle. Así podríamos sobrevivir sin miedo, muy cerca el uno del otro, sin que nadie sepa, y por las noches…. Pero no es verdad, no podemos resistirnos al vicio de la carne y siempre terminamos el uno dentro del otro. Y después nos llega el miedo, y nos separamos con la vergüenza en la mirada. Los dos sabemos lo que le ha pasado a Khaled, y antes a Mohamed y a Musa, y a muchos otros…No sé si esto de la homosexualidad es algo nuevo, culpa de los occidentales que ahora nos visitan. No creo que lo sea, yo soy así desde que recuerdo. Una vez escuché a un viejo loco en el cafetín recitar un poema en árabe clásico… no lo entendí del todo, pero parecía antiguo y hermoso. Hablaba de dos hombres que luchaban juntos en guerras santas, pero que se dedicaban versos de amor el uno al otro, y las cosas que decía el poema…, esas son las palabras que quiero decirle a Rachid cada día.

Yo no quiero huir, solo quiero estar con él. No puedo ser malo y bueno a la vez. ¿Por qué tengo que sentir vergüenza? Solo sé que tengo miedo. Miedo a las lágrimas de mi madre, a la mirada de mi hermano, a los golpes, a las piedras. Pero sobre todo, miedo a no volver a ver nunca más a Rachid.

Voy ahora mismo a su tienda, es la hora perfecta. Tenemos unos minutos para estar juntos, en silencio…solo quiero abrazarle una vez más. La última.

 

AlBasil sale de casa y rápido se pierde en el laberinto de callejuelas que llevan al zoco viejo. Su hermano le sigue de cerca, con el puño cerrado, apretando fuerte una piedra. Conoce de antemano la dirección que debe tomar. Le  acompañan de dos mutaween.

Y como AlBasil, Rachid y Khaled,  Mijail y Piotr, MaryAnne y Susan, Mamadou y Ngong, Sadhvi y Dilvar, Manuel y José…

 

* Mutaween: policías del Comité para la Propagación de la Virtud y la Prevención del Vicio.

*AlBasil: El Valiente

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