Las mujeres de mi vida

El conejo de la suerte
ha salido esta mañana
a la hora de partir
oh, sí, ya está aquí
haciendo reverencias
con cara de vergüenza
tú besarás al chico o a la chica
que te guste más

Los días de lluvia, en el cole nos quedábamos en clase durante el recreo y el juego indoor más popular del momento era el conejo de la suerte. Un corrillo sentados en el suelo, las manos juntas y a cada sílaba pasabas el turno a tu izquierda. La emoción llegaba de golpe en los dos últimos versos, ralentizando el ritmo con el que cantábamos. Tú be-sa-rás al chi-co o a la chi-ca que te gus… te… MÁS! La palmada del más era la más fuerte, de lejos.

Entonces empezaba la chicha del juego. El receptor de ese más tenía que besar al chico o a la chica que le guste más, según decía la canción. Una treintena de niños de seis años mirándose nerviosos entre risillas. Yo siempre lo tenía claro, el chico o la chica que me gustaba más era David, y en primero de EGB siempre le besaba a él. Unos cuantos uuuhh-aaahh y el juego seguía como si nada. Luego Marta besaba a Víctor, Alberto besaba a Anna y David me volvía a besar a mí. El juego continuaba hasta que sonaba el timbre, sin sobresaltos. No fue hasta que un día una malvada niña mayor (de tercero) nos dijo que eso era de mariquitas, que a gente de mi clase le empezó a parecer mal.

Ahí mi entorno empezó a decirme que tenía que poner una mujer en mi vida. La primera fue Anna. Sí, la que besaba Alberto los días de lluvia. Anna me invitó a ser su novio en cuarto y, aunque prefería jugar al Monkey Island en el PC de Gabriel, acepté. Después de clase, Anna me llevaba a su casa y me bailaba coreografías de Bananarama, así que tampoco estaba tan mal. Lo dejamos porque en otro juego del conejo de la suerte ella besó a Víctor (el que besaba a Marta en primero) y en un juicio paralelo se dictaminó que eso eran cuernos.

Unos años más tarde llegaron los primeros hombres de verdad. Robando besos en serio en los parques, revolcones en las piscinas, dolor de espalda en asientos de coche, y sí, alguno también me bailaba Bananarama en su salón. La mujer de mi vida ya no iba a llegar nunca, ni la iba a necesitar, mal le pese a la malvada niña homófoba de tercero. ¿Por qué iba a necesitar una? ¿Y por qué solamente una? Las mujeres de mi vida van a ser siempre mi madre, mi hermana y mi mejor amiga. La trinidad de las risas, las tres patas de mi taburete femenino, la trifuerza del chocho. ¡Ay, qué haría sin vosotras!

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Un comentario en “Las mujeres de mi vida

  1. Por un momento creí que yo pertenecía a la “Trifuerza del chocho” pero ya me han dejado bien claro que tiene que ser un chocho de verdad 😦

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