Una anécdota llamada memoria

1 de abril de 2015. Hora: 12:30. Ricardo aparece con unos pantalones vaqueros por donde se nota el paso del tiempo, unos zapatos negros, una camisa de cuadros que le queda grande, y un bastón donde apoya todo el peso. Se sienta tembloroso, mira a la grabadora, y después me mira como si no entendiera muy bien por qué está allí. Comienza su entrevista, la número cuatro de esta serie…

“Si le digo la verdad, no sé muy bien qué hago aquí. Me dijeron que viniera, que me iba a ayudar, que esto de comerme las cosas no me estaba llevando por el buen camino, pero llevo tanto tiempo haciendo lo mismo que al final ya me he acostumbrado. Además, ¿a quién le puede importar mi historia? Sí, sí, no me mire así, que yo se lo voy a contar todo, pero necesito mi momento de entender por qué estoy haciendo lo que estoy haciendo….”

(Ricardo carraspea, mira por la ventana, y tras unos minutos de silencio se decide a contar su historia)

“Verá, yo conocía a Manuel de toda la vida. Puede decirse que siempre nos habíamos cruzado por el pueblo, por esas calles empedradas que tanto daño nos hacían de pequeños, y que aunque vivíamos como quien dice a tiro de piedra, jamás habíamos cruzado una palabra. Fue un día de lo más absurdo – yo buscaba un libro para clase y él daba vueltas buscando algo para divertirse – cuando hablamos por primera vez, y sin yo saber nada de la vida, porque siempre he sido un cateto de los de pueblo, yo lo reconozco, fue como si al pronunciar el primer hola algo cambiara para los dos. Lo sentimos en el cuerpo, como si nos recorriera una corriente eléctrica que era imposible frenar. Y así, de esa forma tan poco romántica, empezó nuestra historia. Por aquel entonces no lo llamábamos amor, para qué ponerle un nombre que desconocíamos lo que significaba. Una historia que permanecía en silencio por las calles del pueblo, y tenía voz propia mientras nos escondíamos en cualquiera de nuestras habitaciones…”

(Ricardo sonríe)

“Cuando nos fuimos del pueblo para estudiar a la capital, fue como si el mundo se abriera de repente. Mirábamos las calles como si fueran nuestras, íbamos a las librerías a que Manuel buscara sus lecturas, nos emborrachábamos como si no hubiera mañana, en fin, esas cosas que todos hemos hecho alguna vez cuando entra alguien en nuestra vida por el que daríamos todo. Y así fue como pasamos los años, tan tranquilos, pero a la vez con esa rapidez que algunos sienten al pisar el pedal del acelerador en su coche. El sexo no fue importante, nunca nos lo pareció, aunque disfrutábamos de él. Perdone si no le cuento demasiado, pero me gustaría guardarme algo para mí, si no tiene inconveniente”

(Animo a Ricardo a seguir contando su historia. Lo que me interesa no son los detalles, sino lo que está a punto de contarme, por lo que le llamé para poder entrevistarle)

“Pasaron los años, tantos que no nos paramos a pensar en ellos, como si fueran pequeñas estaciones de paso en las que ir acumulando recuerdos, tantos como la memoria nos dejara. Y al final de esos años, al empezar a acabarse el último tramo del ovillo, sentí que Manuel cambiaba, como si ya no fuera él. Se perdía por las calles, tenía que ir a buscarle porque no encontraba los sitios a los que solíamos llegar, estaba más irritable, y su mirada se perdía por el horizonte, como si siempre estuviera pensando en algo a lo que no sabía poner nombre. El médico lo pronunció de corrido, como si tuviéramos que saber a qué nos enfrentábamos, con esa mirada de estar perdonándonos la vida, cuando en realidad lo único que hizo fue ponerle nombre a algo que tendría que haber permanecido en silencio: Alzheimer”

(Acerco un pañuelo a Ricardo. Él no me lo pide, pero noto cómo en sus ojos se están acumulando las lágrimas. Llegamos a la parte más dura)

“Cuidar a alguien enfermo. Esa palabra, “enfermo”, es algo que nadie debió inventar nunca en el diccionario. Yo no soy el más listo del mundo, pero lo que sí puedo decirle es que he aprendido a querer a Manuel a pesar de todo, con esos detalles minúsculos que, a través de la enfermedad, van saliendo a la luz. Porque, cada día, su mente va girando por rincones inesperados, y otras convierten un simple instante en el mundo entero. No sé si lo sabe, supongo que sí y por eso estoy aquí, que Manuel convirtió nuestro primer encuentro en aquella librería del pueblo, en una parada obligatoria en su mundo, en ese mundo lleno de niebla y contaminación. Y él me busca, siempre lo hace, mientras en la mesa van acumulándose libros que él nunca leerá. Y yo le sigo, a metros de distancia, y cuando él entra por la puerta, yo aparezco después, unos minutos solamente, y nos volvemos a mirar, como aquella primera vez, como si nada hubiera cambiado, y él vuelve a tener esa mirada, esos ojos que me reconocieron la primera vez, y que construyeron una vida que ahora, ya, está empezando a desmoronarse”

(Ricardo se queda en silencio. La grabadora sigue su curso. Yo no hablo. Le dejo a solas, con su dolor)

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