Una temporada en el Infierno y Purgatorio (ni en fotografía el Paraíso)

Cuenta la leyenda que cuando llegaste al Purgatorio presumiste de tus hazañas en vida y de todo lo que habías hecho por todos. Por supuesto, caiste gordo al que empuñaba el boli rojo, y para que se te bajaran los humos, te mandó directo al humeante Infierno. ¿Qué esperabas? ¿Aplausos?; podrías haber tenido plaza temporal en casi todas las gradas del Purgatorio, pero la tómbola del mundo te premió con abono de temporada en el Infierno.

 

En la sala de espera del Infierno, volviste a meter la gamba y, otra vez, presumiste de tus hazañas en vida y de todo lo que habías hecho por todos. La cagaste. Si había posibilidad de que te asignaran un buen círculo, la echaste por tierra. Ahora alternarás varios círculos y giros a la vez durante siglos.

 

Cuando te preguntaron ‘¿por qué estás aquí?’ respondiste una carcajada y presumiste de tus hazañas en vida y de todo lo que habías hecho por todos. Te retroalimentas y te autoconvences de ello. Mal, muy mal. Ofendiste hasta al más pendenciero del lugar por estar encantado de conocerte. Esta vez, Modesto no va a bajar porque tú no puedes subir.

 

Como en toda leyenda, al final, siempre hay disculpas y propósito de enmienda. Hazlo y seré yo el encantado de haberte conocido. Pero cumple y no reincidas.

Para acabar, como Puck, ofreceré mis disculpassi esta ilusión ha ofendido, pensad, para corregirlo, que dormíais mientras salían  todas estas fantasías’ de mi enfado.

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