El escusado: la excusa perfecta

 

Escusado, retrete, tigre, servicio, baño, lavabo… Llámalo como quieras, pero reconoce que te ha salvado de más de una.

Desde nuestra más tierna infancia, hemos usado la excusa del pipí, del popó, de empolvarnos la nariz o de lavarnos las manos para tomarnos unos minutos de reflexión. Porque, como bien sabemos, no hay nada como estar sentado en la taza del wáter para pensar (en verdad no es necesario bajarse los pantalones; con cerrar la puerta del servicio, apoyar las dos manos en el lavabo, mirar fijamente el desagüe y no demorar mucho la automirada en el espejo es más que suficiente. Con eso ya tienes tu momento dramático del día).

El escusado es un refugio que aparece en los momentos de auténtica necesidad. Algo así como nuestra propia Sala de los Menesteres de Howgarts. Y en esta peculiar Sala de los Menesteres es donde decides, por ejemplo, si salir pitando de una desastrosa cita, dejar plantado a un tío en su casa con los slips por los tobillos, comernos nuestro orgullo y no decirle a nuestro jefe que nos cagamos en su puta madre montá a caballo o si, finalmente, damos el ‘sí quiero’ a ese tío del tribal desgastado en el brazo al que llamas novio.

Somos cobardes como Leoncio; nos escudamos en ese cuartito de hacer las cositas privadas porque somos o blancos o negros: no tenemos tacto o somos los adalides del bienquedaismo. Para que me entendáis: o lo soltamos sin paños calientes y nos quedamos tan panchos, o damos más vueltas que un maricón en la feria de ¡ay Torre, Torremolinos! (que sí, que nosotros, lo del lubricante, solo pa lo que nos interesa).

Lo peor de todo es que cine y televisión han avalado durante años este hábito de tocador: Holly Golightly cuando se encerraba en el baño para escapar de algún babosete o cuando pedía amablemente a su cita cincuenta dólares “para el tocador”, Sarah Bailey cuando se escondía en los servicios del insti porque le daba canguelo que sus BFF le quisieran dar mágicamente matarile o cuando Scott Howard se atrincheraba en el baño porque le empezaba a salir el pelaje de lobito bueno.

Ay…

Bueno, qué le vamos a hacer, ¿no? Mientras le echamos (o no) huevos al asunto,

siempre nos quedará el excusado.

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