Dos completos desconocidos

Hablabas. Tanto, para decir tan poco. Lo hacías, como si te fuera la vida en ello, como si fueras un niño pequeño que no tuviera otra cosa que hacer. Por tocar los cojones, ya sabes, que eso se te daba estupendamente, tan bien que incluso yo me ponía en guardia cada vez que me decías, “¿sabes?” y yo sabía que lo que iba después eran palabras y más palabras que no significaban nada, que no querían decir nada, que todo hubiera ido mucho mejor con el silencio, yéndote, saliendo a todo correr de la casa, esa que habíamos comprado entre los dos, cuando ni siquiera teníamos para pagarla, imaginando un futuro tan bonito como irreal. Fuimos idiotas, pero al menos fuimos felices.

Y lo hacías, hablar digo, como las cotorras, como si estuvieras vomitando sonidos, como si fueras una puñetera cascada que lo inunda todo, que lo anega, y yo intentaba ser el embalse que te contenía, sin conseguirlo claro, sin necesidad, que hasta para eso me inventé ser un caballero de brillante armadura, y me olvidaba, tanto, tantísimo, como tú cuando hablabas, de que lo mismo que me protegía en realidad me aislaba. Que sí, que yo lo sé, que cuando se trata de hablar de amor nos volvemos gilipollas, que parecemos todos muy autosuficientes, independientes hasta el extremo, pero en realidad lo que queremos es una pequeña dosis de cariño, una caricia, ya ves tú qué tontería más grande, como si el roce cambiara las cosas, engañándonos todo el rato, siempre, a todas horas, tú hablando y yo callando, hasta en eso complementarios. Ya ves, nada cambió y ahora ya no nos miramos a la cara.

La última vez que lo hiciste, hablar digo, fue para decirme que había que dejarlo, que nos teníamos que abandonar el uno al otro, un tiempo, darnos espacio, con esas palabras absurdas que, ¿ves?, no significaban nada, porque los dos sabíamos que no volveríamos a vernos, que ya estaba todo dicho, que se acabó lo que se daba, que más vale solo que mal acompañado, que sí, que no, que tú eres el yunque y yo el martillo, que fuimos sol, playa y nubes, todo junto, mezclado, como si nos hubieran metido en una batidora, y después hubieran tirado el líquido por el fregadero. Una película antigua que se ha rayado de tanto verla, de tanto escuchar lo mismo, de tanto mirar sin ser visto, y ya valía, los dos lo sabíamos, pero nos olvidamos, lo dejamos estar. Tú hablaste y yo callé, y ahora lo hago, hablar digo, como lo hacías tú sin que signifique nada, sin que las palabras que escribo describan lo que de verdad quiero decir. Que no te he olvidado, que para mí eres el único, que no habrá nadie igual, aunque ya no nos miremos, aunque al cruzar la calle, lo que de verdad quisiera decirte es que, por favor, si tú quieres, vuelvas a ser mi verano, cuando llegue el invierno.

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