There is no goodbye

La nave lleva unos días con aires enrarecidos. Uno de los tripulantes ha desaparecido, se va escondiendo por la nave. Otro ha abandonado la expedición, y yo no sé en que punto estoy.

Vuelvo a salir fuera, “Me voy a tomar el aire” digo, como broma. Me voy a observar la Tierra desde las alturas. En el casco suena ‘Wait’ de M83. Me gusta ponerme en lateral de la nave, desde allí se puede observar mucho mejor. No sé como ha sucedido, he tropezado. No me he dado cuenta que estaba excesivamente en el borde de la nave. He ido paso a pasito yendo hacía ese lugar pensando “Bueno, no pasa nada, sólo es un pequeño movimiento más”. Pero para cuando me he dado cuenta es demasiado tarde.

La caída es inevitable, sin posibilidad de agarrarme. Sin llevar la protección de seguridad que, por una vez, no había instalado en el traje. El resto de los tripulantes pudieron llegar a ver un resquicio de la caída pero ya no se podía hacer nada. En el casco sigue sonando la canción. Escucho las voces de los tripulantes gritando por el transmisor. No sé que quieren decirme mientras observo a cámara lenta la nave en las alturas, sus tentáculos en forma de válvulas de corazón. La nave late a toda velocidad. Siempre supimos que sentía, lo hace con toda la intensidad. La he descubierto.

Así que empiezo a caer a toda velocidad. En estos momentos no piensas en nada. Sólo el sonido del corazón va a toda velocidad. Quiere estallar en tu pecho. La música sigue sonando, casi al ritmo del efecto lanzadera con el que mi cuerpo es atraído.

“¿Realmente me tropecé o me quise lanzar?”, ese pensamiento me hace sentir triste. Unas lágrimas se derraman, aunque no podía sentirlas en las mejillas de las vueltas que estaba dando en mi firme, determinando y acelerado camino a estrellarme con la Tierra.

Pensamos que tenemos esa seguridad, que controlamos realmente todo: nuestros sentimientos, nuestra apariencia, nuestro lenguaje… y en realidad nos exponemos mucho más de lo que creemos. O quizás jugamos a llevarlo todo a ese límite, o, no sé, quizás a perdernos y buscarnos excusas que no deberíamos tener.

La caída sigue pero con la extraña sensación de ralentizado. Me da tiempo a pensar a toda velocidad. No sé que puedo hacer. Simplemente no pongo impedimentos. Entro en la estratosfera. Hace calor, siento como si me quemara los huesos.

Todo esto es el final. No quiero que lo sea. Porque tendría que serlo. No puedo hacer nada. Sólo la melodía me acompañará hasta que no quede nada de mí. Espero el golpe definitivo, quizás lo deseo. Sí, quiero estrellarme. No me importa. Ya está. Lo he dicho ¿Eso es lo que realmente siento?

Me he desahuciado. Y entonces, escucho una voz. Era lejana pero a la vez nítida, y en este precioso instante siento como si me paralizara en medio del aire. Abro los ojos. Observo a mi alrededor, me encuentro en un enorme campo sobre las copas de los árboles, flotando.

El traje tiene un pulsador escondido bajo la manga que consigue hacer elevarte. Llevaba todo el rato ahí. En silencio. Lloré desconsolado. No quería morir, quería seguir luchando por aquellos pequeños momentos que vivía cada día.

Fui elevado lentamente, como si un ovni me estuviera reclutando para sus tropas. Llegué más rápido de lo que pensaba a la nave. Alguien me dio la mano, puso su sonrisa de niño travieso y me dijo “¿Pensabas que tú eras el único que podía salvar a los demás? Quizás has aprendido que también hay gente que te quiere ayudar… y que te quiere”. Esa fue la voz que escuché. Sonreí, le abracé y regresamos al interior. Por fin aquel tripulante había aparecido.

 

 

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