La cápsula del tiempo

Una cajita más o menos pequeña con cierre estanco, llena de recuerdos del momento. Eso es lo que se suele enterrar simbólicamente al poner la primera piedra de algún edificio pomposo. Le llaman la cápsula del tiempo y se supone que dentro de cien, quinientos o mil años, cuando la encuentren entre las ruinas de la ciudad, se sorprenderán de ver de lo que hablaban los periódicos, de lo grandes que eran nuestros móviles o de las tonterías que almacenábamos en memorias USB.

El día que ellos pusieron los cimientos de su relación también se encargaron de montar su propia cápsula del tiempo. La llenaron de gestos de cariño, de palabras bonitas, de sueños compartidos y de chats de WhatsApp llenos de besos (con corazón). Así, cuando algún día alguien la encontrara tras su desmoronamiento, podría curiosear cómo era su vida cuando se conocieron. Querían dejar constancia de lo mucho y lo muy intensamente que se querían entonces. Ese era el plan.

Pero sintiendo que el fin estaba cerca, uno de ellos decidió desenterrar la cápsula antes de que su relación se acabara de destruir del todo. Apartó con cuidado la tapa y lo peor no fue el hecho de haber abierto la caja de los truenos. Lo peor no fue pasarse horas llorando recordando aquellas cosas extintas, aquello que ya no quedaba más. Lo peor no fue echar de menos aquellos tiempos en los que era profundamente feliz. Lo peor fue que se sintió un extraño en su propia vida.

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