A nuestra edad

 

En plena limpieza de primavera, he encontrado un par de cajas repletas de folios escritos casi indescifrables. Lo que vais a leer a continuación es algo parecido a un prólogo que se quedó en intento. Pero, a nuestra edad, ¿qué podéis (podía) esperar?.

         Y vosotros, ¿recordáis lo que escribíais con dieciséis años? 

 

  “Desperté sobresaltado y con un sentimiento de dolor infinito. No me refiero al dolor que sientes cuando caminas descalzo y y golpeas el pie con el quicio de la puerta, sino al dolor que sientes en el corazón cuando te lo acaban de romper en mil pedazos. A cuál más pequeño. Miré el reloj, marcaba las cinco y cuarto de la madrugada, y el sentimiento iba en aumento, como si quisiera decirme que estaba allí y que nadie lo movería hasta que él lo viese oportuno. 

  Desde el principio supe que esa sensación no me pertenecía. Era prestada. No la había solicitado o, al menos, no tenía constancia de haberlo hecho.

  Oí un llanto desde la cama. Entraba a la habitación por la ventana, que estaba abierta de par en par. Me levanté de la cama y me puse la camiseta que había dejado tirada en el sillón junto a la ventana antes de acostarme y miré, desde ella, la ventana, a la plaza en busca del transmisor gemibundo.

  Pasó un rato hasta que, en un banco involuntariamente resguardado en la alargada penumbra de uno de los cipreses de la plaza, encontré a la causante de aquel sollozo y de mi malestar prestado. Allí estaba ella, vestía una falda roja corta tirando a cinturón ancho y una blusa rosa bien escotada.

   Sentí la necesidad de gritar, deshacerme de toda la ira que aquella pobre chica me estaba transmitiendo de manera inconsciente, pero me mordí el labio y me tragué las ganas; eran tan claras y fuertes las sensaciones que me enviaba la chica que, incluso, podía ver en mi cabeza la causa de toda su frustración en forma de imágenes. Al principio, llegaban algo borrosas, todo ello a causa de mi intento por eludirlas. Finalmente, dejé que fluyeran por mi mente sin reparos; era mucho más fácil captarlas e infinitamente más agotador evitarlas.

   No se puede evitar lo inevitable.

   No es posible negar lo que uno es y tampoco rechazar el don que uno posee.

   Cuando volví a estar en posesión de mis facultades, inspeccioné la plaza de nuevo. No había rastro de ella.

  Me quedé un rato asomado en la ventana, pensando. Nunca antes me había cruzado con alguien así, capaz de rechazar mi negativa a conectar con sus sensaciones incluso a someterme a la fuerza a ellas. De todas formas, me daba igual, No me importaba que, durante un rato, hubiesen violado mi mente. Lo importante es que C. no se había despertado, no había visto nada.

   Es difícil tener secretos con alguien con la quien convives día a día. No me refiero al ‘difícil’ de hacerlo, sino al ‘ difícil’ de tener que hacerlo porque, en verdad, no podrías explicar el cómo ni el por qué.

   Me acerqué a la cama de nuevo y, desde los pies de la misma, miré al hombre que dormía en ella. Desde donde me encontraba, podía oler el perfume que desprendía todo él. Me hipnotizaba ese olor y lo podría reconocer en cualquier lugar.”

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