Nosotros

Me preguntas qué sensaciones me provocas. A ver si soy capaz de explicártelo con palabras.

No te puedes imaginar cuánto me gusta irme a la cama contigo los días que dormimos juntos, pero lo que verdaderamente deseo es despertar a tu lado. La habitación aún a oscuras y notar que estás ahí al lado, dejar pasar así unos minutos buscándonos bajo el edredón a la par que vamos despertando poco a poco mientras nos acoplamos el uno al otro, dos seres formando un único cuerpo. Y minutos después, libres de obligaciones y sin la dictadura de los horarios que permiten los fines de semana, al subir las persianas y abrir los ojos sentir que el cielo despejado y el sol que surge por el horizonte solo subrayarán que este día ha comenzado de la mejor de las maneras.

Me encanta poseer tu cuerpo, devorarte con ansia, con anhelo, llenándome de tu sabor y de tu olor, más intensos, más poderosos sobre mí, más llenos de matices cada vez. Cuanto más te recorro más te descubro. Pero disfruto aún más acariciándote después, cuando ya relajados tras resolver muy placenteramente los impulsos de la carne y con el sentido del tacto elevado a la máxima sensibilidad, silueteo las formas de tus cejas, tu nariz, el mentón de tu mandíbula, bajando por tu nuez, tu pecho y tu vientre, el tatuaje de geometrías hipnóticas que en tu pierna derecha llega desde casi la cadera hasta la rodilla,…

Al principio buscábamos que fluyera la conversación, y tiempo después, un día sin más, sin esperarlo, esa barrera desapareció, se esfumó y los silencios dejaron de ser una incomodidad sólida y se convirtieron en una brisa, un soplo de aire fresco que nos envuelve en una atmósfera en la que los dos fluimos con absoluta y compartida naturalidad. No hay que guardar ninguna imagen ni provocar impresión alguna, basta con ser nosotros mismos. Aún recuerdo ese instante, aquella tarde de primavera recién estrenada, sentados en el sofá de tu casa en que ya no solo nos veíamos, sino que a través de la pupilas nos adentramos el uno en el otro y pasamos de mirarnos a intuirnos, a conocernos, a predecirnos, a ser yo en ti y tú en mí.

Pasa el tiempo, se acumulan las experiencias, las anécdotas, los viajes, los días monótonos y los sorprendentes, algunos no positivos, rara vez malos o tristes, pero muchos otros alegres, con sus dosis de felicidad y satisfacción ante la vida causada por esa sensación de que dan igual los cuándos o los dóndes porque está claro que contigo, los cuántos se sienten mínimos en los malos momentos y muy grandes en las buenas circunstancias.

Así ha sido desde aquella primera ocasión en que paseando nos cogimos la mano sin ser aparentemente conscientes de ello. Bienvenida sea la espontaneidad, nuestras cabezas habían dejado de funcionar y nuestros corazones dieron a nuestras manos la orden de buscarse y entrelazarse. Ese encuentro desde el sentido del tacto alegorizó que desde entonces tú y yo somos también nosotros.

Estas son algunas de las sensaciones que tú me provocas, espero haberme sabido expresar y que tú me hayas entendido.

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