El sueño del domingo

 

 El domingo soñé cosas. No todos los domingos sueño cosas. Unos domingos sí, otros no; unos sueños los recuerdo, otros los olvido; unos domingos los disfruto, otros los sufro; unos sueños los cuento, otros me los guardo.

 Como decía, soñé cosas. Montado en un triciclo de madera de nene, pedaleaba por la calle larga. ¿La hora? Ni puta idea, pero tarde. Sin luz ni coches que me pudieran atropellar. Gracioso era cuando, al levantar el manillar para hacer un ‘caballito’, el triciclo se elevaba y superaba la altura de los arbolitos (melocotoneros creo que eran) plantados como unos Guardias Civiles a lo largo de la calle. También larga. El triciclo no hacía chitty chitty bang bang ni necesitaba cola especial Conrad, solo volaba. Aunque tenía algún que otro inconveniente: cada diez o quince minutos comenzaba a descender y volvía a ser un triciclo normal, pero, con solo hacer otro ‘caballito’, el truco volvía a funcionar.

 

 Ahora, si pudieras volar, ¿dónde irías? Pues yo ni me lo pregunté; sabía dónde quería ir y carretera y manta. Y pude volver a ver ese bescoll.


Me despertó la puta alarma y casi llego tarde a la clase de Luis García Montero,

 pero yo tan pichi.

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