La primera mentira

Apareciste. Como un puñetero fantasma. Como esas maldiciones que, en las películas, siempre caen en las casas encantadas donde el protagonista ha ido a parar. Como esos libros que, revolviendo en las cajas de la mudanza, aparecen para golpearte, para hacerte recordar los momentos en las que sus páginas fueron descubiertas. Como en todos esos momentos en los que, con una solo acorde, las canciones te llevan a pensar en los momentos que creías haber olvidado.

Apareciste. En otra ciudad, cuando ya no te esperaba, en esa presentación de un libro que tú no te ibas a leer nunca. Me giré y allí estabas, apoyado en la pared, mirándome con esa media sonrisa que tan bien ensayada tenías. Un pantalón vaquero, una camisa blanca y encima un jersey marrón. Tan simple como esas tres piezas, pero tan complicado como recordar cuando viniste a buscarme a casa, con esa misma ropa, y me regalaste las entradas de un concierto al que tanto quería ir. Recuerdo que llovía, igual que ahora, y que tuvimos que resguardarnos en el coche porque no querías que la ropa se empapara. Me besaste despacio, me dijiste que siempre habías querido verme con esa sonrisa, con esa alegría. Apareció, en ese mismo momento, la primera mentira.

Apareciste. Un día cualquiera, en un verano cualquiera, mientras en la calle se desataba una tormenta. Te acercabas. Seguías sonriendo, y notaba cómo todo el mundo se quedaba en silencio, como si nos miraran, como si supieran que tras cinco años sin vernos, el azar había decidido juntarnos en el mismo espacio. Te acercabas todavía más. Y recordé por qué tus ojos se convirtieron en lo primero que me gustaba ver al despertarme, cómo una mañana me dijiste que teníamos que dejarlo, que llevabas mucho tiempo pensando en irte, en desaparecer, en alejarte de mi lado porque ya no era como antes, que no era yo, que eras tú. En ese mismo momento, aunque tus ojos eran lo que yo más quería, decidí cerrar los míos para no ver la realidad.

Apareciste. Y te evaporaste como la tormenta que había descargado hacía unos minutos. Pasaste a mi lado. Hiciste todo lo posible porque te sintiera, porque notara cómo llevabas puesto el mismo perfume de hacía tanto tiempo. Saludaste a alguien, le besaste en los labios, te acercaste a los autores que presentaban el libro. Y sonreíste. Tus ojos iluminaban la estancia. Mi cuerpo quería huir, pero me quedé quieto, observándote. Fue ahí cuando te escuché, cuando tras cinco años volví a oír tu voz, susurrando al oído del hombre que te acompañaba:

– Siempre me gusta verte esa sonrisa

Desapareciste.

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