Noches romanas

Voy ansioso en un taxi, importa la dirección.

—¿Es un hotel? —me ha preguntado el taxista nada más darle las indicaciones—. No me suena que haya hoteles por esa zona.

—No, es la casa de un amigo —le miento. Porque no le iba a decir la verdad, que a las dos de la madrugada he cogido un taxi para echar un polvo con un desconocido.

Me sorprende que a estas horas circulen más coches: ¿tanta gente con ganas de sexo? Por la ventanilla se escurren, casi irreconocibles, los edificios y monumentos a los que hice fotos por la mañana. Todas las ciudades se parecen de noche. Y aun así, pienso que si el taxista me hiciera bajar ahora, no sería capaz de orientarme. Me perdería entre las calles oscuras. Temblaría al encontrar una iglesia lúgubre en una plaza.

Hasta el parque de Villa Borghese me da miedo ahora: a la luz de las farolas se ve tan decadente como la Via Veneto por donde hemos subido. Acechando entre los arbustos, las estatuas parecen haber cerrado los ojos. Ya estamos cerca. Me ha dicho que vivía al lado del parque. Él. Lorenzo. “Será aquí donde me descuartice”, pienso. El taxi deja atrás la última zona de Roma que conozco pero no le digo que pare. Esta noche es la última que paso en la ciudad y estoy dispuesto a llegar hasta donde quieran llevarme.

De golpe, brota otra Roma, espaciosa, con amplias avenidas por donde los coches pueden circular tranquilos, sin tener que esquivar turistas. Aunque levante la mirada, no veo el más alto de esos lujosos apartamentos pintados de blanco, todos con jardín y portería.

—Así vivimos los auténticos romanos —me dirá después Lorenzo.

Ahora me espera frente a su portal. Lleva esmóquin. Tras presentarnos, me tiende un billete de veinte euros. No es que esto sea Pretty Woman a la italiana. En Grindr habíamos acordado que me pagaría el trayecto de vuelta. Además, el esmoquin es falso, una camiseta con una pajarita estampada. Me fijo en que él no es tan guapo como en las fotos. Solo desde cierto ángulo veo al chico que me atrajo entre todos los demás recuadros.

Ya en su apartamento, continúa siendo amable: me invita a descalzarme, me da permiso para acomodarme en su sofá mullido, rojo y con restos de palomitas. Me sirve una Coca-Cola: es light, no tiene otra. No me gusta, pero da igual, cojo el vaso y bebo. Mientras tanto, él me habla de sus tiempos de estudiante en Barcelona. Se graduó en diseño gráfico no muy lejos de donde yo trabajo. Por un momento, no estoy seguro de cuál será la ciudad que hay al otro lado de la ventana. Terminadas las anécdotas nos quedamos los dos callados, como si no supiéramos que hacemos aquí o por qué estamos en el mismo sofá.

—Eres muy agradable —dice aunque hasta ahora solo haya hablado él, con su mezcla de castellano e italiano.

Delante de nosotros sigue la pantalla de 42 pulgadas que he visto antes en foto, más allá de su polla en primer plano. Ahora está apagada, sin porno. Lorenzo sonríe como si me leyera el pensamiento. Ese poder que solo tiene quien acaba de conocerte. Voy a decir algo pero no me da tiempo. Por fin nos besamos con la torpeza disfrazada de arrebato de los primeros besos. Nos quitamos las prendas justas para sobarnos mejor. Sí, esto llevaba deseando todo el viaje: un revolcón con un italiano; no lo había imaginado así pero pienso disfrutarlo. Le pregunto si tiene un condón. Se lo piensa, desvía los ojos hacia un punto de la habitación que no identifico.

—Me da pereza ir a por él —se excusa. Y a cambio me ofrece su polla, ya medio dura.

Me voy en cuanto se corre. Yo ya terminaré en mi hotel. Qué absurdo que para olvidar el aburrimiento, nos enredemos en algo más laborioso. “Habría sido más fácil pajearme a solas en mi cama”, pienso en el taxi de regreso. Exactamente igual que después de cada encuentro fugaz en Barcelona.

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