Contigo aprendí

Vuelvo la vista atrás y no veo fracasos ni derrotas. De todos “Ellos” aprendí, o quise aprender que todo pasa pero lo mejor siempre queda. En mi destino he tenido la desgracia, o la “gracia” de no haber encontrado un amor perdurable. Una relación que evolucionara a través de los años, recorriendo todas sus etapas. Un viaje largo desde la pasión y las incertidumbres iniciales hasta la seguridad de lo cotidiano y de los afectos sosegados que dan los años de convivencia. Nunca he pasado de las primeras estaciones: Ligue, Amante, Noviete, nunca he llegado a Marido o Compañero del alma. No he cumplido “décimos aniversarios”, y no ha sido por falta de voluntad y tampoco creo que haya pecado de veleidoso. Simplemente ha sido así.

A pesar de todo, si hago balance hasta hoy no siento melancolía ni frustración. Todo lo contrario. Si ahora soy quien soy, en buena parte se lo debo a todos los amores que fueron, con los que compartí por un momento, o dos, la vida.

Con ellos aprendí la mejor receta del salmorejo cordobés, a estar desnudo sin pudor a plena luz del día; a pintar, escribir o hacer punto antes que tragar tele. Alentaron mi pasión por el Lied alemán y por el bacalhau à brass. Estudié lenguas para decir “te quiero” en alemán, griego, búlgaro, polaco, portugués. Suscitaron mi amor por Berlín y por el apfelstrudel. Me acostumbré a enfrentarme a los imprevistos con una sonrisa; a no quitar la mesa con el último bocado aún en la boca. Moldeé mi cuerpo para dormir abrazado toda la noche, incluso cuando las camas fueron ganando dimensión. Me retaron a desentrañar todos los misterios del Jardín de las Delicias, a hermanarme con Michelangelo Buonaroti y a conquistar siendo conquistado como Alejandro Magno. A conocer la discografía completa de The Smiths y de Roxette. Me mostraron el valor del camino por encima del ansia por llegar a puerto. Me incitaron a un optimismo deliberadamente crónico,  a hacer míos los versos de Kavafis y convertirlos en lemas para las horas grises. Me inspiraron sonetos para SMS despertadores y cuartetos para post it que saludaban en la nevera cuando yo partía. Conseguí estar solo en calma, y muy acompañado sin asfixiarme; pude querer a una presunta familia política, y me eduqué para masticar con la “boca cerrada” los celos infundados.

Aprendí a querer sin más, a dejarme querer sin más.

Por encima de las dudas, las discusiones, las sospechas, el aburrimiento, los desencuentros, las distancias geográficas, las recriminaciones, por encima de todo queda lo mucho que me aportaron mis amores. Ahora, soy todos ellos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s