El libro del buen…

La lluvia golpeando el tragaluz sonaba como futuros cristales rotos, y la sensación de que, de un momento a otro, trozos de cristal y madera cayesen sobre la cama y, por tanto, sobre mí, incitaban a madrugar; de todas formas, a mí, como a todo hombre treintañero, soltero y homosexual que disfruta acentuando su melancolía y desamor (para sí mismo, claro) con miradas al infinito por la ventana en mitad de una noche lluviosa (que son nuestras favoritas), lo de estar solo en una cama de metro noventa me quemaba tanto como a una niñata patrocinada por su padre le quema el dinero de plástico en la cartera dentro de una tienda de Tous o de Loewe.

Era demasiado pronto para el topicazo de la cafetera recién hecha cargada de humeante café (también topicazo lo de humeante) inundando la casa con su aroma a rico Catunambú, así que, entre las opciones que barajaban mis dos neuronas mal contadas, estaba la de leer, continuar el puzzle de Las Meninas de Velázquez que llevaba sobre la mesa del salón la friolera de dos años o la masturbación desmedida.
Adivina qué elegí.

En el campo de la masturbación, como muchos de vosotros, me considero un maestro Pokemon. Pero no lo digo para tirarme el moco, ¿eh? ¡En verdad soy un maestro! Pero, sin duda,  lo que más me llena es masturbar a otra persona; no hay nada en este mundo que iguale la cara de felicidad de alguien tras haberle hecho un final felizcum laude‘ (si no, pregúntale a Riley Parks/Samantha Horton/Jennifer Love Hewitt/Cynthia Martinez, que sabe(n) telita); eso no está pagado, y como no está pagado, no cobro.

No soy una puta (al menos laboralmente hablando).

Y, hablando de putas, ellas fueron mis maestras. Cuando, los fines de semana, colaboraba con Cruz Roja llevando cafelete, ‘Marbús Doradas‘, Chilli pocket y gomitas a mansalva a las niñas (y también un poco de descanso a sus muñecas y mandíbulas), a modo de agradecimiento, me mostraban sus ‘grimorios de brujas’ o como yo lo llamaba: el libro del buen pajote. Cláramente, no hablo de un libro físico, tangible, palpable, sino algo más cercano a los hombres-libro de los que hablaba Bradbury. En ellas (las putas-libro) me empapé de juegos de dedos, uso de texturas, puntos de presión dactilar, un poco de trabajo bucal, succión, con una o ambas manos, etc., no miento si digo que aquello era mucho más sagrado que Las Tablas de Moisés (sí, esto que he dicho me convierte en un hereje, pero un hereje que puede hacer que te corras en minuto y medio con dos simples sacudidas). Si hubiese sido listo, en los meses que pasé en Londres, podría haberme sacado novecientas libras limpias (puede que más) por meneo tonto. Y es que las saunas de allí dan trabajo a mucho maricónjovencitomodernoaventurero. Porque no todos son acaparados por Inditex, claro… Pero casi. Y no solo en las saunas podría haber hecho carrera, también en los baños de las exposiciones nocturnas de artistillas de palo con renombre y a media mañana en los bares de los hoteles del londres más cuqui; no sabéis lo difícil que es rechazar pelas tras masturbar al comisario de alguna exposición o al clásico ejecutivo jovencito ‘hetero pero…‘ (esta es la nueva forma de llamar al ya extinto ‘hetero curioso‘). Pero sus caras de felicidad, las tarjetas con sus números personales escritos a boli y la palmadita en el culo con apretón compensaba. ¡Y mucho!

Sí, le debo mucho a la masturbación, y la masturbación a mí por considerarla casi una ciencia, un arte, un regalo divino…

¿Me consideras soez? No lo hagas y bájate la bragueta,  menéatela previamente, escupe en la palma de tu mano pajera y, como diría Gisela, ‘¡SUELTALÓ, SUELTALÓ!
(Es gratis)

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