Atardecer

Fue una primera cita casi perfecta. Quedamos en una cafetería del centro y él estuvo encantador. La conexión fue inmediata y teníamos muchas más cosas en común de lo que creíamos antes de acceder a la desvirtualización. Incluso teníamos coincidencias tan tontas como hacernos de la misma manera errónea los nudos del cordón de las zapatillas.

La tarde pasó volando entre risas y roces de rodilla. Al salir, me pasó la mano por encima del hombro y me sugirió ir dando un paseo hasta el puerto. “Hace buen tiempo y no me quiero separar de ti todavía”, me dijo. Así que nos pusimos en marcha y bajamos como si fuéramos una parejita ya consolidada.

Al llegar ya era casi de noche y el cielo ardía de color rosa bajo los siempre tintieantes barcos del puerto. Todo el mundo estaba haciendo fotos. Esa puesta de sol iba a durar poco. Solté su mano para sacar mi móvil del bolsillo e intenté inmortalizar esa increíble explosión de color. “¿Nos hacemos un selfie con este fondo?”, le pregunté volviéndome hacia él. Pero ya no estaba. Se fue con el atardecer.

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