LOS DÍAS RAROS

Ya llega. Le noto cerca, en la ciudad. Huele a él. En verdad nunca le he olido, pero seguro que huele a mar o a café o a bergamota o a todo ello a la vez.

Tengo asumido que, cuando le vea, me dará por hablar. Abusaré de la palabra. Él se reirá sin parar y yo me sonrojaré. Seguro que me toma de las manos y me mirará con sus ojos (no) tristes. A esas alturas ya me habré elevado, algo parecido al momento del baile de Halloween del niño Casper y Kat.

En otro plano, más allá de los demás.

Compraremos discos, le llevaré por los lugares de mi infancia y conocerá la Granada que le enamorará de por vida.

 

No quiero pensar en el momento de su partida; ¿quién iba a decir que sin carbón no hay Reyes Magos?…

Será uno de esos, los días raros.

 

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