Azís

Relato esta historia para no olvidarla. Mejor aún, para no idealizarla fantaseando, tendencia muy humana cuando vamos ganando años a la vida y necesitamos darle un sentido que conjure la cotidianidad.

Azís era senegalés y lo conocí en los tiempos “preGrinder”, cuando se ensayaban sonrisas y se sostenían miradas. Voy a ahorrarme cualquier tipo de descripción sobre su apariencia para no caer en los tópicos sobre la perfección del físico que se presupone a las personas de color.

En el primer encuentro establecimos un pacto: yo le enseñaría a conducir para ahorrarse gastos de autoescuela y él, dado mi interés por la antropología cultural, me instruiría sobre gastronomía y costumbres de su país. El sexo no se hablaba.

Durante unos tres meses la cosa funcionó así: un par de tardes entre semana íbamos con el coche a un descampado solitario dónde Azís podía practicar sin riesgo. En esos trayectos, con su reducido castellano, ya me iba relatando historias de su vida y de su país, tan ajenas a mi experiencia vital.

Era el hijo mayor del Imán de una pequeña aldea costera de Senegal, próxima a Saint Louis. Desde niño había trabajado en la pesca y la posición de su padre le había dado cierta relevancia cultural y social. Pero no era suficiente para vislumbrar un futuro a imagen y semejanza del estilo de vida a la occidental que a diario se les colaba a través de las cuatro parabólicas del pueblo. Azís se subió a un cayuco una mañana de verano y vio la muerte de algunos de sus compañeros en la singladura a Canarias. Entre sus acompañantes había un paisano con estudios, un erudito que, a modo de salvoconducto al mundo desarrollado, les había preparado un emotivo discurso en español para que lo utilizaran ante administraciones y ONGs a su llegada a España. Azís me lo mostró, un texto ingenuo, utópico, lleno de buenas intenciones para estrechar lazos entre naciones de ambas orillas. Una “biblia de la integración” que Azís memorizaría pero que, como luego comprendí, nunca llegaría a interiorizar.

Siguiendo con nuestro acuerdo, algunos domingos se pasaba por casa cargado con pollo o cordero, y con especias aromáticas y estimulantes. Incluso una raíz que aseguraba era una poderosa Viagra natural y que tomamos de postre un par de veces. Siempre pensé que era un placebo. Tras morder aquella raíz amarga mi amigo se ponía como loco, o se esforzaba por parecerlo para atestiguar orgulloso la evidencia del poder de su magia ancestral. En mi caso, su actitud bastaba y sobraba para encenderme. Contemplarlo mientras cocinaba, vestido tan solo con un pantaloncito azul de atletismo, era tan intenso como el denso y perdurable aroma que impregnaba la casa con sus guisos exóticos y especiados. Comíamos con las manos sus platos de carne, verdura, mandioca y arroz. Las mismas manos que usaríamos para el “postre” que aplazábamos hasta la media tarde.

Tras el almuerzo, al ritmo creciente del “tam tam” de mis entrañas, llegaba la hora de la lucha. Literalmente, la “lucha”. Antes de llegar a la estipulación no hablada y más íntima de nuestro pacto, Azís se empeñaba en enseñarme todo sobre el deporte nacional senegalés. Una simpática práctica de mucho contacto. Primero, sucesión de vídeos en YouTube para que aprendiera los bailes ceremoniales que inician los torneos. Luego repaso a combates históricos y a los luchadores más laureados. Clases prácticas de movimientos de derribo y de palabras susurradas con algunos secretos de magia, no muy blanca, a la que recurrían los luchadores cuando la potencia y agilidad de sus músculos no eran suficientes. En estas clases prácticas, a pesar de la experiencia y la fuerza bruta de Azís, nunca salí mal parado. Todo lo contrario, a veces no sabía si mi amigo peleaba contra mí o me protegía del aire que nos rodeaba. Lo recuerdo perfectamente, aunque quizá ya empiezo a fabular un poco. Por eso es una buena decisión que lo fije aquí con palabras. No quiero que de vejete en la Resi me cataloguen de “fantasbuelo”.

Tras un par de horas de vídeos, de música tan envolvente como el olor de sus guisos y con el efluvio dulce de su piel en el aire, caíamos rendidos en el sofá. Entonces se hacía un prolongado silencio, como de un par de decenas de ángeles de Rubens y de Machín desfilando entre ambos. Hasta que llegaba el momento en que Azís decía sin mirarme directamente: “¿¡siesta!?”, y esa era la clave para empezar otro tipo de “lucha”.

Nuestras “siestas” también estaban llenas de magia, pero sin hechizos; había lucha, pero con técnicas de bloqueo y derribo más efectivas, degustaciones gastronómicas, pero más sabrosas. De nuevo quizá empiezo a idealizar un poco.

Aunque hubo algo más entre las sábanas, además de lo evidente, que hizo que Azís se colara definitivamente en mi equipaje vital. Azís siempre se revolvía contra mis palabras admirativas sobre la perfección de su físico. Con toda su fuerza de luchador se resistía a mis halagos espontáneos. “Pero ¡mira!, mira tu cuerpo blanquito y ¡mira el mío que negro. Mi piel es fea como carbón”

A pesar de que mis argumentos sobre su belleza se sostenían en evidencias que podía abrazar, las cuatro parabólicas del pueblo de Azís ya habían provocado un daño muy profundo antes de lanzarlo en cayuco rumbo a un mundo sin magia y equivocado.

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