La letra que devoró las calles

El tiempo no había borrado su nombre. Una letra. E. La inicial de su nombre que, como si de la letra escarlata se tratase, me seguía a todas partes, acompañándome con el recuerdo de aquello que no fue, pero que tendría que haber sido. Fue hace dos años cuando la desaparición de E. fue noticia en todos los periódicos. Un día estaba a mi lado, y al día siguiente ya no se supo más. Las investigaciones llevadas a cabo determinaron que se había fugado, que con toda seguridad había viajado a otro país para que no le encontraran, huyendo de algo a lo que no sabían ponerle nombre, mientras nos miraban a la familia y a mí como si fuéramos los culpables del desastre.

Las calles empezaron a cambiar. Una mañana los recorridos ya no eran los mismos, los nombres habían jugado al escondite y donde antes aparecía la calle Henao de repente estaba la calle Pelota, como si se hubieran apostado a las cartas cuál era su nuevo sitio. Nos convertimos en una ciudad cambiante que, día a día, no sabía de direcciones, no podíamos utilizar el GPS, o ni siquiera podíamos quedar en un sitio determinado, por miedo a que cuando lo buscáramos hubiera dejado de existir. Así que dejamos de salir de casa por temor, por no enfrentarnos a la realidad, creyéndonos caracoles que podían refugiarse dentro de su concha.

Los periódicos dejaron la noticia de la desaparición de E. Olvidaron que el dolor de una familia seguía intacto, que el que había sido su pareja, yo, siguiera recordando las veces que parpadeaba al despertarse, que el hueco de la cama siguiera impertérrito, clavando sus fauces en la garganta, impidiéndome sacar ningún sonido. Recordaba cada milímetro de su piel, cómo me abrazaba cuando teníamos frío, cómo los libros se convirtieron en un refugio del que hablábamos a escondidas, e incluso sus silencios cuando la sirena de alarma sonaba en las calles porque una fuente, una plaza, o un trozo de carretera, había desaparecido y sido reemplazado por un edificio rodeado de jardines.

El mundo explotó hará hoy unos cinco años. Sentimos cómo las aceras se resquebrajaban, cómo la tierra se removía y tiraba de aquellos que se habían aventurado a andar, a recuperar la sensación de ser humanos. Lo que nadie sabía era lo que guardaba, lo que llevaba tiempo escondido en un cajón. Su nota. Envuelta en un sobre con su letra, esa maldita E, trazada con prisas: “recuerda que, cuando el mundo estalle, yo seguiré estando presente”. Esa premonición que convirtió la realidad en una bomba, en un estallido que nos devoró por dentro, que hizo que toda la humanidad se viera sacudida por el mismo pitido que, cada día, suena en mi cabeza cuando le recuerdo, cada vez que en mi mente aparece su letra, la E que no definía la esperanza, sino la extinción. Un pitido que acompaña a unas palabras que me recuerdan cada día lo siguiente:

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