¿A dónde vamos? ¿A dónde voy?

Qué ganas de que pase algo que luego no ocurre. De que se alineen los astros en una confluencia que no sucede. ¿Dónde está el punto en que todas las piezas encajan y de repente surge la imagen de ese puzle que hasta entonces no ha sido más que un sueño? ¿A dónde llevar esta nave en la que surco por el espacio? Cualquier día me veo por el suelo como Blanche Dubois preguntando dónde está mi corazón. Ella buscaba aguja e hilo para intentar remendar el suyo, por loca la tomamos, y va a resultar que estamos como ella, de atar, necesitados de puntadas que nos recompongan.

Tantas canciones que dicen tantas cosas, estrofas llenas de emociones que hago mías. Archivadas en mi memoria, inoculadas en mi piel, ensayados los gestos con que las interpretaría en un concierto para un solo espectador.  Sin necesidad de orquesta, a sabiendas de que la pasión haría que no ocurriera como bajo la ducha, no, no desafinaría, la pasión convertiría ese torrente de mi garganta en algo que saliendo de mí llegara muy hondo en ti. Estoy seguro de que ocurriría, siento la certeza de que ambos haríamos nuestra la letra del Somewhere de West Side Story.

Mirando al frente y a los lados, también de reojo. No entiendo por qué hay momentos en que la ruta, la realidad de hoy la pinto sin brillo, por qué me resulta un cuadro mate, sin matices ni volúmenes. Le falta algo, chispa, el toque maestro, eso que solo pocas manos son capaces de hacer, eso que contigo como inspiración, apoyo y compañía podría conseguir. Cierto es que la soledad también puede ser una buena maestra. Y si no, mira a Van Gogh, ¿a qué crees que eran debidas esas pinceladas tan largas, tan espesas, tan llenas de materia que le hicieron un genio? Pero qué injusto que solo se le reconociera a su muerte, ¿no?

¡Y yo estoy vivo! Lleno de ilusión, de fuerza, de palabras que decir, que contar, que expresar, que compartir. Como si fuera un libro de mil páginas, a la manera de una novela decimonónica, que cuando cae en manos de su lector da pie a algo nuevo sumando las energías de los dos. De esa simbiosis surgirá algo que será más que tú y yo, más que un mundo, aún más grande, un universo, una atmósfera con que lo inundaríamos todo, convirtiendo el aire que respiramos, la luz que vemos, la noche que dormimos en capítulos y capítulos a cada cual más apasionante. Descripciones y diálogos con los que hacer crecer una historia que está esperando ser escrita no a dos manos, sino a cuatro manos, y para la que hay chorros y chorros de tinta disponibles.

El mapa que guía esta nave abierto sobre la mesa, y en mi pecho el corazón abierto de par en par dejando ver cómo late. En ambos buscando un rumbo, un destino, un avanzar y evolucionar, un crecer, un fluir sin punto concreto, pero hacia delante, en un horizonte claro, diáfano, enriquecedor, individual a la par que compartido.

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