Y cuéntame la verdad, que quieres olvidar

Fran se había dado cuenta aquella noche: No encajaba en determinado tipo de conversaciones.

Pues ayer estuve follando con fulanito. Sí, y la semana que viene quedaré con éste cuando venga de vacaciones.

Ah, pues a mí este finde me viene el chaval aquel de La Coruña.

Yo he tenido una nueva cita con el que os conté hace tres semanas. Esto pinta bien.

-He quedado mañana con el chico del concierto ¡Por fin!

Él miraba como si estuviera en un partido de ping pong, sin decir nada de nada. Tampoco preguntaban. Quizás ya le conocían bastante bien que era una persona hermética. Pero Fran, dentro de sus silencios, se encontraba pensando sobre él. Sus relaciones amorosas, sexuales y sentimentales llevaban mal toda la vida y creía que ya no era momento de dedicarles más atenciones. Decidió que ya no quería conocer a nadie. En realidad ya le había pasado últimamente, o las cosas acababan mal, sin llegar a empezar o eran situaciones que nunca llegaban a pasar absolutamente nada… por muy evidente que fueran.

Quizás, dentro de su mente calculadora, no se dio cuenta de algo. A más barreras ponía cuando alguien podía tener un interés para él, su corazón moría un poco. Quizás era de una forma muy lenta. Volver a reeducarse con un “Esto no se hace”. Sólo en las noches que salía solo por los bares se confesaba a desconocidos con los que lloraba desconsoladamente en algún rincón, si no acababa vomitando por las calles de la ciudad sin un rumbo fijo.

Primero empezó a dejar de querer conocer gente, después dejó de lado a sus amigos. Ellos intentaban preguntarle: ” Y cuéntame la verdad, que quieres olvidar”. Pero Fran seguía pensando en su cabeza que nadie le quería. A su familia la apartó. Y su corazón se seguía debilitando, ya ni siquiera en las noches de más dolor lloraba. Entraba en peleas sin sentido, provocadas por él mismo allá donde iba. Su particular camino a la perdición.

Había perdido completamente el control de su vida. Aislado del mundo. Recluido en lugares de mala muerte y con una sensación de odio hacía la humanidad. No se sabe bien en que día, ni a que hora, pero su corazón dejó de latir. No era una metáfora. Fran había muerto. Quizás la pena, la autodestrucción o una combinación de ambas.

Como sabía que ese día podía pasar antes o después, y mucho antes que su corazón se hubiera enfriado, dejó algunas cartas a las personas más importantes de su vida pidiendo perdón por lo que pasaría, antes que su cuerpo y corazón decidiera engañarle.

Al final, ya lo decía el Hombre de Cristal de Amelie:

“Malograr su vida es para todo ser humano un derecho inalienable”

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