Al final del túnel

Cruzábamos juntos aquel túnel todas las mañanas de camino al trabajo. Entrábamos en silencio acompañados por el eco de los pasos de todos los peatones. Al salir, yo giraba a la izquierda y tú seguías todo recto con tu bici, nunca sin antes despedirte con un beso. Siempre me decías exactamente lo mismo. “Te veo luego, campeón”. Estábamos cómodos con nuestra rutina, repitiendo cada día el mismo paso. Pero ese lunes fue distinto. El fin de semana habían instalado un sistema de luces y efectos de sonido con motivo de las fiestas. Pero no sólo la ambientación del túnel era diferente. Tú también estabas distinto.

– Dame la mano y no mires atrás. Cuando salgamos por el otro lado habrán cambiado muchas cosas. – me dijiste.
– ¿Qué quieres decir?
– Enseguida lo verás.

Seguimos avanzando en silencio entre nubes de humo y proyecciones de luz, mientras mi cabeza no dejaba de dar vueltas. Él llevaba unos días raro y sólo faltaba que me dijera eso para que mi preocupación se volviera a disparar. Ya está, me va a dejar. Es eso. No podía pensar en otra cosa. Todas las señales de los últimos días apuntaban a esa hipótesis. El secretismo con el que intercambiaba WhatsApps, las fotos que ya no me quería enseñar, el nuevo patrón de desbloqueo del móvil, las respuestas vagas a mis cada vez más insistentes “¿Dónde has estado?“.

Me dieron ganas de romper a llorar ahí mismo. De suplicarle que si me iba a dejar me lo dijera ya. De acabar con esta tensión que me ahogaba. Apreté más fuerte su mano cuando empezamos a subir las escaleras mecánicas, sintiendo que con el final del túnel se acercaba el final de todo. Ya sabía lo que iba a pasar cuando llegásemos arriba y no podía dejar de aferrarme a él por última vez.

Habitualmente se tarda unos cinco minutos en cruzar el túnel, pero ese lunes fueron los más largos de mi vida. Al acercarnos a la calle, la luz del sol volvió minúsculas nuestras pupilas. Tuve que frotarme bien los ojos cuando por fin pude darme cuenta de lo que allí había. Al otro lado del túnel estaban todos nuestros amigos, y todos llevaban muchas flores y sonreían nerviosos. En plena confusión te miré, me miraste, y me dijiste: “¿Quieres casarte conmigo?”.

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