Conversaciones a altas horas de la vida

– ¿Sabes? Yo creo que cuando uno intenta ser feliz, menos lo consigue. Sí, sí, no me mires así. No pienses que me ha dado una de mis locuras, esas que tan poco soportabas. Fíjate en nosotros. Tú ibas por la vida como si nada te importara, y yo me preocupaba por todo. Por recordar las fechas importantes, por esperarte en casa despierto cada vez que me decías que llegarías tarde, o incluso por hacerte la comida cuando sabía que no te había dado tiempo a comer. Al final me convertí en mi madre, tiene gracia. Recuerdo que me mirabas con esos ojos de quien mira a alguien que está loco cada vez que te decía que no te podía querer más, que si eso fuera posible estaba seguro que hubiera explotado, y acababas riéndote, primero bajito, casi sin que me diera cuenta, para después soltar la carcajada que me hacía quedarme quieto, como paralizado, mientras tú te ibas al despacho que teníamos en casa a enviar unos correos que no podían demorarse más. Todo lo dejabas para el último momento, pero decías que quien espera es porque tiene la necesidad de hacerlo, y que tú no ibas a estar lamiéndole el culo a nadie, que te valías por ti mismo y sabías que tu trabajo, llegara cuando llegara la respuesta, bien lo merecía. Lo que más me sorprendía era la lentitud en lo profesional, pero las prisas en lo personal. Siempre íbamos corriendo a todas partes, como si se fueran a agotar las entradas de esa película que no conocía nadie, o como si los billetes de ese viaje que hicimos a un pueblo perdido tuvieran fecha de caducidad. Tendría que haberme dado cuenta que lo que tenía fecha de caducidad era lo nuestro, claro, pero hasta en eso fuiste más rápido que yo…

(…)

– Y aquí estamos, meses después, uno frente al otro, sin saber muy bien por qué te estoy diciendo lo que te estoy diciendo. Los demás me dicen siempre que tengo que pasar página, que lo que mejor me vendría sería hacer desaparecer todas las fotos, todos los recuerdos de viajes, películas, e incluso envoltorios de los regalos que nos hicimos. No entienden que yo no quiero dejarte ir. No entienden que, por mucho que te murieras hace hoy un año, la cicatriz no ha dejado de doler. Tengo que irme, el cementerio va a cerrar y yo empiezo a tener frío. No sé cuándo volveré, pero lo haré sólo para darme cuenta que ya no estás, que los días pasan y que, aunque tu cara haya empezado a difuminarse, al menos sigo recordando tu risa, colándose por la grieta que surcaba las paredes de nuestra casa vieja.

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