Yo no quiero un Christian Grey

Por mucho que crea en el amor, jamás he simpatizado con San Valentín. El supuesto Día de los Enamorados no es más que una fecha donde muchas mujeres esperan el regalo de sus vidas mientras sus hombres se dejan la suya buscándolos. Y en esta vorágine de sentimentalismo materialista, la maquinaria del comercio se frota las manos por la ingenuidad del ser humano y su capacidad de caer en este tipo de trampas repetidas veces a lo largo del año. Sin embargo, este San Valentín se avecina como el más terrorífico del último lustro y será recordado por aquel en el que se regalaron más fustas y arneses que ramos de flores o joyas. Y toda la culpa la tiene sólo un hombre: Christian Grey.

Jamás pensé que me posicionaría en contra de la popularización de un personaje literario, pero es lo que éste ha creado en la psicología colectiva el motivo que me lleva a odiarlo profundamente. No es ninguna novedad que la gente se sienta atraída por personas complejas e incluso complicadas. Nos gustan los retos sentimentales más de lo que somos capaces de admitir. Hay gente que incluso desea adentrarse en una relación turbia y destructiva. Sin embargo, lo que cuenta esta saga “literaria” y lo que ha inyectado en el cerebro social va un paso más allá del masoquismo sentimental.

La gente no siente cómo tiembla su entrepierna por el Christian Grey económicamente o laboralmente poderoso, ni tampoco -o no completamente- por ser encarnado por Jamie Dornan. La excitación que provoca este personaje radica únicamente en su poder autoritario y en la capacidad que tiene para reducir moralmente a sus conquistas. Ellas dejan de ser personas con gustos y pensamientos propios para convertirse en esclavas que deben acatar las órdenes que su amo les ordena si quieren seguir adelante en la relación. Y esta sumisión no sólo se reduce a las actividades de cama, sino que llega a abarcar su rutina e incluso su modo de vida.

¿Qué es lo más preocupante de todo ésto? Que medio planeta haya empezado a creer que querer convertir a alguien en un cero a la izquierda resulte erótico e incluso romántico. Ahora ya no se busca una persona complicada y rota para recomponerla, sino que se desea que ésta nos anule por completo. Parece que cuanto más nos abofetee física y psicológicamente, más intenso será el amor que destile esa relación. Efectivamente, el machismo vuelve a ser socialmente aceptado e incluso alabado. Y así, de ese modo, se ha conseguido que el ser humano vuelva a descender un poco más por ese precipicio que no parece tener final.

Lamento mucho no regalar nada por San Valentín, no destruir psicológicamente a mi pareja para demostrarle que la quiero o no pegarle para que el sexo sea más salvaje, pero eso no me convierte en una persona menos romántica. Quizás voy a contracorriente, pero soy de aquellos que prefieren dar sorpresas a su pareja cualquier día del año o mantener una relación en la que ambas partes se complementen y se ayuden a avanzar en todos los niveles. Bastantes problemas nos plantea la vida para que ahora todos quieran tener un Christian Grey en las suyas.

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