El hombre que ponía nombre a los gatos

¡Natillas!” – dijo él de repente, sin venir a cuento. No entendí nada hasta que me di la vuelta. Un gato callejero del color de las natillas nos miraba erguido, con esa pose que sólo los gatos saben hacer. En realidad debería estar mirando más allá de nosotros, como si fuéramos transparentes. Por mucho que él le gritara su recién estrenado nombre, el gatito no dejaba de ignorarnos. En el mundo gatuno, las cosas se hacen cuando ellos lo deciden y ahora Natillas había decidido que no existíamos, así que seguimos bajando hacia el puerto.

“¡Bizcocho!” – gritó a otro gato calle abajo. Luego vino Panther, Cheeto y otros tantos. Él tenía la afición de poner nombre a los gatos que iban apareciendo. Había incontables gatos en esa isla y él tenía el nombre perfecto para todos. Se acercaba a ellos, les hacía monerías y elegía un nombre. Y a mí se me caía la baba con tanto dulce. Al cruzar la muralla me agarró la mano. “Vamos para casa, Osito”. También tenía un mote para mí.

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