¿Quieres ser real?

La dosis necesaria de veneno, la cucharada precisa de sal para que escuezan las heridas, y la pizca exacta de miradas que me decían que, al besarle, ya había empezado a cavar mi propia tumba. Marcos entendía los silencios, los manejaba para crear tensión, formando a su alrededor una especie de muralla que nadie era capaz de romper. Observaba el mundo con la cabeza levantada, como un jinete lo hace desde el caballo, con la lanza en la mano, dispuesto a lanzar el arma y dar, de lleno, en el corazón. Hablaba siempre de lo que la vida le debía, lo que había hecho por el mundo, mientras la sangre se había convertido en alcohol y las luces de la discoteca bailaban siguiendo su ritmo, no al revés.

Aquel verano, Marcos decidió que su nueva víctima iba a ser yo, que de todas las muescas de las que llevaba la cuenta, yo iba a ser especial por un motivo: era invisible. Sólo él podía verme. Paseara por donde paseara, se acercaba y me miraba con esos ojos que parecían barro, dándole forma a mi cuerpo, transformando lo que nadie podía ver en algo físico, tangible, dispuesto a abrir sus compuertas cuando la palabra adecuada hiciera acto de presencia. Nadie había conseguido lo que él hacía conmigo: convertía en terremoto cualquier latido, en huracán el aire de mis pulmones, en lluvia torrencial las lágrimas que me provocaban sus desplantes. Marcos era el Apocalipisis, y yo el único superviviente. El beso y la espada, clavados a la vez.

Aquella noche, cuando la oscuridad se cernía sobre los tejados y los cuerpos buscaban refugio en salivas con gusto amargo, me preguntó algo que jamás olvidaré. ¿Quieres ser real? Miré su boca, cómo su lengua saboreaba aquellas palabras como las serpientes que están a punto de atacar. La calle estaba en silencio, parapetada tras las trincheras de lo que un nombre, el mío, podía provocar. Porque le contesté que sí, que me encantaría hacerme real, pero que para ello necesitaba que pronunciara mi nombre, que lo dijera de corrido, como si fuera una lección que aprendemos en la escuela. Pero Marcos se quedó callado, pensando, recordando nuestras conversaciones, indagando si en algún momento yo le había dicho las seis letras que me definían. No lo supo porque nunca lo desvelé. Y ahí, quietos en mitad de la calle, seguí siendo invisible para el mundo, y un recuerdo lejano en su mente. Porque nombrarnos, reconocernos, nos hubiera hecho reales, a pesar de que todo, absolutamente todo, no había sido más que imaginación.

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