Enero en la playa

Existen momentos en el que cuerpo y la mente dicen “Hasta aquí”. Entonces necesitas un respiro. Conseguir relajarte, volver a tener una estabilidad. Tienes que recrear una situación mental que te sumerja en un estado de paz.

Para esas situaciones viajo a un día del año pasado: Fue un día de playa. Bajamos andando desde las alturas de la ciudad hasta la playa. Sin charlar sobre nada en especial, ni trascendental. Llevábamos una bolsa de patatas fritas en la mochila.

El camino fue ameno, aunque hiciera calor. Pasamos por algunas estructuras curiosas que más bien me parecían máquinas del tiempo. Allí, al fondo, estaba la playa. Aunque según el calendario el verano acaba en septiembre, aún nos pudimos bañar, y varias veces, casi como una necesidad.

Gente jugando a las palas, los que venden bebidas escondiéndose de los policías para que no les pillen y riéndose de como lo hacen algunos de sus compañeros, una revista para leer las tendencias de los festivales del pasado verano, charlas sobre la vida, sin preocupación

Al rato, me tumbé sobre la toalla. Me quedé tan relajado que me acabé durmiendo. Después regresamos por donde vinimos con la misma poca prisa con la que fuimos.

Ese día fue un gran día de relax, para muchos quizás un día de playa cualquiera, para mí un buen lugar, y compañía, donde regresar si quiero recordar lo que significa esa palabra. Es una forma de estar, como decían Facto Delafé y las Flores Azules en el título de una canción, en enero en la playa.

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