La bola de cristal

Como cada mañana, Alejandro se dirigía al salón para comerse el bol lleno de leche y cereales que sujetaba con las dos manos. Sin embargo, su primera comida del día casi termina en el suelo al ver en la mesa un objeto extraño y, a la vez, reconocible. Ni siquiera la belleza con la que los primeros rayos de sol pintaban las fachadas de los edificios que habían frente al suyo logró que aquel artefacto quedase relegado a un segundo plano. Alejandro, todavía aturdido por el reciente cese del sueño, no lograba recordar parte de la noche anterior. No obstante, estaba completamente seguro de que no había regresado con nada ni nadie a casa. Y mucho menos con una bola de cristal.

Actuando con cautela, dejó el bol sobre la mesa para evitar más sorpresas. ¿Quién había colocado aquel cachivache allí? El hecho de preguntárselo le erizó el vello, pero mucho más desconcertante era saber que nunca lograría resolver aquel enigma. La bola de cristal había llamado tanto su atención que ni siquiera había reparado en otro elemento tanto o más desconcertante, situado al lado de ésta. Era una pequeña tarjeta con dos frases tan absurdas como poderosas: “Úsame. Ha llegado la hora de que conozcas las respuestas”.

Alejandro contempló durante varios minutos aquella bola de cristal y la tarjeta que la acompañaban. Parecía que su cuerpo incluso había olvidado cómo pestañear. ¿Era real lo que estaba sucediendo? Y, de ser así, ¿cómo se ponía en marcha aquel aparato? ¿Bastaba con rozarlo con las manos, o había que frotarlo como la lámpara de Aladdin? No estaba seguro de la seriedad con la que podría tomarse todo ese asunto, pero era incapaz de negar el poder de atracción que tenía sobre él.

Curiosamente, se encontraba en una de las épocas más convulsas e inciertas que había vivido nunca. El contrato de su actual trabajo vencía la semana siguiente, la misma semana en la que el médico le daría los resultados del análisis que se había realizado para acabar con aquellas paranoias que venían perturbándole desde hace un mes. Y, además, también podría seguir ilusionándose con aquella persona con la que estaba empezando a conectar de un modo que apenas recordaba haber conseguido en el pasado.

¿Y si aquella bola mágica funcionase de verdad y le permitiese ver el futuro? Quizás todas sus preocupaciones terminarían al verse a través del cristal con un nuevo trabajo, sano y compartiendo la vida con alguien. O puede que sucediese todo lo contrario. Tenía ante él una vía que conectaba directamente con su porvenir, con todo lo que ello conllevaba. Tan sólo necesitaba un pequeño gesto para conocer si su destino era la felicidad o la desolación, pero estaba claro que aquello iba a cambiarle el presente radicalmente. De hecho, puede que ni siquiera prestase interés en su día a día tras conocer lo que la vida le deparaba. ¿Para qué esforzarse si ya sabía que iba a triunfar? ¿Por qué debía de luchar por cambiar su futuro si su fracaso era irrevocable?

Y así, sin perder más tiempo retorciéndose los sesos, y a sabiendas de que se arrepentiría más tarde, tomó una decisión irrevocable. Cogió la bola de cristal y la acercó a su cuerpo, la miró fijamente y, unos segundos más tarde, la arrojó al suelo. Lo que había sido una esfera llena de conocimientos se convirtió en simples cristales rotos sobre el parqué.

Que pase lo que tenga que pasar, pensó Alejandro. Ninguna historia se disfruta igual si ya conoces el final.

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